Antonino Nieto: "Creo que la poesía tiene, como se decía antes, vocación de eternidad" | Gran Imaginador

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No sería exagerado decir que Antonino Nieto, poeta y videoartista, es una fuerza de la naturaleza. Nuestra conversación tiene como marco la reciente publicación de su poemario Escaleras del aire, editado por Ediciones Endymion, pero podría haber sido cualquier otro de los proyectos que siempre tiene entre manos. Su tremenda vitalidad y su torrente de verbo y de creatividad van siempre encaminados en dos direcciones. La primera, rebelarse ruidosamente contra el orden establecido “por nuestro bien”. La segunda, y principal, para celebrar, siempre celebrar (la vida, la muerte, la belleza, los amigos, todo es celebrable para él). Por ello, la charla que van a leer a continuación es intensa, contagiosa, apasionante y, sobre todo, muy agradable. No podía resultar de otra forma con él. 

Vamos a empezar por una muy directa. ¿Qué son las escaleras del aire?

(Ríe) Las escaleras del aire es todo ese laberinto de invisibilidades que nos mueve a diario, que no vemos nunca pero de las que somos hijos, de esas invisibilidades. Por ejemplo, por ser así algo muy actual, muy actual: la cobardía, el infantilismo, la analfabetización progresiva, todo eso que forma parte de nuestro ser actual y que llevamos muy a gala, eso sí, desde la invisibilidad. Porque ninguno somos cobarde, ninguno somos infantil, ninguno somos analfabeto… Pero todo eso forma parte de nuestro ser más íntimo en estos momentos y contra nosotros mismos.

¿Es entonces un concepto negativo?

No necesariamente, porque esta cobardía de la que hablo, esta infantilización, etc, la tenemos porque muchas veces a la persona real no le queda otra opción. Forma parte de la generosidad del señor para con sus súbditos (Ríe). Entonces, ¿uno qué va a hacer? No la justifico, pero tampoco la juzgo.

¿Es más inevitable que otra cosa?

Sí, puede ser inevitable. Pero en ocasiones, cuando uno se enamora, por ejemplo, que se lanza al ruedo a por todas, no hay ni cobardía ni infantilización ni hay nada de esas cosas que acabo de decir porque descubre otro mundo. Renace con el amor y en ese renacimiento todo es posible, aunque vuelvas a caer, pero hay esas posibilidades.

¿No crees que hay ahora una concepción infantilizada del amor?

Sí, mucho. Lo que nos venden los medios de ebullición de masas es una infantilización terrible. Ayer veía en televisión, cambiando, una cosa que se llamaba “Infidelidad” no sé qué. “Masiva”, o algo así, en un canal que no conocía. O los Casados a primera vista. Es todo… Es cutre. Pero como se lleva la miseria, la miseria es ley y es el oro actual. Me decía Jesús Ayuso ahora que en el principio no era el oro lo valorado, en principio lo que se valoraba era el hierro. El oro era una cosa menor. Fue después, con la evolución y el progreso, que se tomó el oro. Pues ahora debe de ser lo mismo, ahora el oro nuevo, el oro nuestro de cada día, y bendito sea, es la miseria. Y en eso vivimos, nos refrescamos con ella, hacemos gala de ella. Es nuestro pan de cada día.

Como si seguimos por esta línea veo que podemos tirarnos un buen rato, vamos a volver al libro. Tú finalizas el poemario en septiembre de 2001, quince días después de que caigan las Torres Gemelas. ¿Por qué has tardado estos años en darle una salida editorial?

Porque los libros que publico, hasta ahora, tienen una media de poso, de estar reposando, de unos quince años, aproximadamente. Las antologías no, las antologías que hago son inmediatas. Pero con los poemarios, hasta ahora, siempre he dejado este poso porque me parece muy importante que el tiempo no discurra sobre lo escrito y que lo escrito siga teniendo vigencia. Si das un reposo de quince años, lo lees y dices: “Ah, pues sigue teniendo vigencia”, a mí me vale. Si escribes una cosa que a los dos meses o al año siguiente ya no tiene vigencia, pues no me vale. Vale para el momento en el que está escrito. Creo que la poesía tiene, como se decía antiguamente, vocación de eternidad. Quince años es una eternidad menor, pero con respecto a la media que vive el ser nacido humano no está mal.

¿Cuál es la actualidad, cuál es la vocación de eternidad que tiene Escaleras del aire?

Escaleras del aire ya en aquel momento habla de la biotecnología, habla de la nanociencia, habla del polvo, que a todos nos impregna y que forma parte de esa invisibilidad fértil, impenetrable y creativa, que decía al principio, que es lo que nos conforma a cada uno de nosotros. Y todo eso está hoy más presente que nunca. Aquella cosa de la libertad, igualdad y fraternidad, aquellas cosas que forman parte del comercio al alza de hoy en día, pero que al final no dicen nada. Es todo mentira. Forma parte de la mentira de aquella película, La grande bouffe, en la que estaba Michel Piccoli, no recuerdo quién era el director. Y al final es eso, el gran atracón, el gran cemento que une toda esta miseria de la que disfrutamos en estos años es esto, es la libertad, la igualdad y la fraternidad. Esa es la grande bouffe de este momento, la libertad, igualdad y fraternidad. Todo mentira. Son las esposas, los grilletes, que encantados nos ponemos a diario. Porque ni libertad, ni igualdad, ni fraternidad. Como mucho, llegado el caso podemos hablar de una cierta autonomía sintótica. Hasta aquí puedes llegar, pero nada más. Y de ahí no pasas.

Que conste, no hace falta decirlo, que estoy con la libertad, la igualdad y la fraternidad, pero no en esto, donde no puedes mover un dedo. Han hecho una cosa maravillosa. Han sustituido los cementerios por la burocracia. Ahora no tenemos cementerios, ahora tenemos burocracia para todo. El muerto tiene que pasar por cincuenta mil papeles antes de llegar a la tumba. Y pagar, claro, porque todo eso se paga.

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Fotografías: Rubén Omar Mendoza del Olmo

¿Pero eso es de ahora o viene de lejos? Porque Kafka ya lo escribe.

Sí, viene de lejos, pero ahora ya es sobremanera, es una cosa… Ahora está todo el mundo encantado con todo esto. Libertad, igualdad, fraternidad. La gran carcajada. Forma parte de la gran carcajada del humano actual.

El poemario está terminado, como decíamos, justo después de que cayesen las Torres Gemelas, y ha sido presentado justo antes de que sea investido/coronado Donald Trump. ¿Casualidad o destino?

Sí, si quieres utilizar la palabra, es una casualidad pero no tanta, porque concuerda en el tiempo. Cuadra perfectamente lo que hice en la presentación el día 17, que empecé con aquel encuentro, aquellos días que pasé en septiembre de 1991 en Garmisch-Partenkirchen, Baviera, República Federal Alemana, hablando de la caída del Muro. Y cuando hablo con Arnold, mi suegro entonces, de lo que vendría a partir de ahí es que se ha cumplido a pies juntillas. Lo del comunismo que ya no es el enemigo necesario, y ahí tenemos a China. Ahí tenemos al comunismo brillando con la estrella en el firmamento. Es un Estado terrible, absolutamente terrible. Pero vamos, que por la otra parte tenemos el capitalismo salvaje que tenemos aquí, y lo que tenemos en estos momentos es esa síntesis de lo peor del comunismo y de lo peor del capitalismo, todo junto y para nuestro disfrute. Somos unos privilegiados en ese sentido.

Entonces, lo que se habló, toda esa descripción que hice de la conversación del 91, con la aparición del Islam como enemigo necesario, pues ahí lo tenemos. Hasta la consecución del objetivo, que el objetivo es el gobierno mundial. Una vez que se consigue el gobierno mundial, el Islam como enemigo necesario, al igual que el comunismo como enemigo necesario, desaparecen. Ya no tendrán vigencia ni razón de ser. Está al caer, hacia 2025 o por ahí. Lo digo casi con una carcajada, pero si todo lo demás se ha cumplido, ¿por qué no esto? Y después nos presentarán a los extraterrestres, que serán el nuevo enemigo necesario una vez conseguido el orden mundial. Sean o no reales, eso no importa para nada. Serán el enemigo. En el 2000, en una cena en Berlín, hablamos de los políticos y de su renuncia general a su papel tradicional, que era el de la redistribución de la riqueza en mayor o menor medida. Si ellos renuncian a ese papel, ¿qué les queda? Yo lo decía muy gráficamente: ser los mamporreros del señorito. Y en eso se han convertido. Pero es que la consecuencia de eso es que el ciudadano en un momento dado se da cuenta y dice: “Oye, para qué quiero a este, si lo único que está haciendo es apretarme las tuercas y en contra mía siempre. Dice que en mi nombre, pero en mi contra. Yo le voto con un programa que me oferta, y una vez elegido el programa que hace es lo contrario de lo que me ha ofertado. Y me dice que si hay alguien que cumpla lo que promete en campaña electoral, eso es populismo”. O sea, ¿que populismo es cumplir lo que uno promete que va a hacer? Pues en ese momento estamos.

Cuando los políticos renuncian a ese papel y el ciudadano les da la patada porque ve que no, llega el señorito, que en este caso es el gran empresario y dice: “Bueno, el ciudadano ya se ha dado cuenta. ¿Para qué voy a estar pagando a un intermediario que tiene un coste, que me retrasa lo que yo quiero conseguir y todas esas cosas? ¿Para qué? Yo mismo. Me pongo yo mismo”. Y eso es Donald Trump en 2017. Se cumple perfectamente desde 1991 que hablaba de esto hasta ahora. Estos son hechos, son datos objetivos. No estoy diciendo nada del otro jueves. Ni a favor ni en contra, simplemente describo.

¿Cómo influyó la caída de las Torres Gemelas en la parte del poemario que está escrita después?

(Reflexiona) Hay un poema… Tengo una memoria prodigiosa, lo olvido todo. No recuerdo ningún poema de memoria. Pero influyó porque en los poemas finales, en el último, cuando hablo de la basura, es cuando entramos en la ficción total y absoluta. Dice el poema (lee):

quien designa estiércol a esto o aquél protege la vida

gas

refugio

el dolor del bulímico ombligo

todo nacido derivado del estiércol

energías,

vallado el barro  escaleras del aire

en esta hora sin fecha el tiempo polvo de la fábula

en este aniversario sin fecha memoria y razón mimo de fondo

desnuda alambrada

valor de lo no invisible, el corazón por ejemplo,

o vaciados los ojos del aire, humo.

Y en eso estamos, viviendo humo. Cayeron las Torres Gemelas, nos dejaron el humo y la fábula de lo que allí sucedió. Era una película que se ha acentuado desde ese momento hasta hoy. Ya venía de antes, pero en ese momento se dijo: “Fuera máscaras y a por todas”. Desde entonces todo lo que vivimos es cine. Salvo los muertos, que eso es lo único real. Pero aquellos muertos, como los otros muertos en los otros atentados que ha habido, son la única realidad.

¿Entonces lo único a lo que podemos aspirar es el dolor?

Eso forma parte de la generosidad que nos legan todos estos que nos han sometido durante estos años desde la libertad, la igualdad y la fraternidad. En ese sometimiento, lo único que nos legan es el dolor como valor supremo. E incluso pueden llegar a decir: “No te duele lo suficiente. No te quejes”. Siempre te muestran al Otro. El Otro en estos momentos son los refugiados, por ejemplo. Y te dicen: “¿De qué te quejas tú? Mira cómo están estos”. Por ejemplo. Yo no admito la ley, lo tengo dicho muchas veces. Solo hay una ley por encima de todas, que es la ley de la muerte. Todos estamos condenados desde el mismo momento en el que aquí llegamos, o aquí nos traen. Sabemos el final. No sabemos cómo o cuándo, pero sabemos el final. No hay escapatoria posible a eso. Desde ahí, todas las leyes son sucedáneas de esas. Estamos hablando de la smart city, hablamos del big data, hablamos de que por todas partes está la tecnología a todos los niveles, y seguimos con unas leyes estancas. Dicen que para protegernos, lo mismo que el Estado, que todo lo que hace es por nuestro bien. Qué generosidad tan grande. ¡Pero si no te deja hacer nada! Si te esquilma por todas partes. Si la gran mafia en estos momentos es el Estado, en general. No podemos hacer nada, no podemos escabullirnos. ¿Es que somos propietarios de algo? Nos han expropiado de todo, hasta de nosotros mismos. No somos dueños, por supuesto, de nuestro tiempo. Nadie es ya dueño de su tiempo. La prueba la tienes en el día aquel en el que, de repente, no tienes nada que hacer, tienes una tarde perdida y te vuelves loco. Dices: “¿Qué hago? ¿Cómo es esto? ¡Puedo pensar!”. La infantilización como necesidad.

Lo mismo que esos niños a los que los padres les apuntan a fútbol, a inglés y a natación para ocupar su tiempo.

Claro, claro. Te han expropiado el tiempo, te han expropiado de ti mismo, te han expropiado tu pensamiento y te han expropiado la vida. ¡Todo! No eres dueño de nada. Por todo tienes que pagar, incluso por lo que no tienes, porque eso forma parte de tu culpa, eso que no tienes. Por eso tienes que pagar.

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¿Estás escribiendo algo para publicar de aquí a quince años?

Sí (ríe). Sí, sí. Estoy escribiendo una cosa que forma parte de una tetralogía que empecé nada más terminar Escaleras del aire. Empecé otro poemario, allí en Berlín, que se titula Pasó por aquí la sombra de un ángel. A partir de la caída de las Torres Gemelas cuento un poco parte de lo que conté en la presentación de lo que iban a ser los políticos, eso está en ese poemario, que está sin publicar. He leído algunas cosas por ahí del poemario, como hago siempre, en esas poémicas, como yo llamo a los recitales en los que mezclo poemarios antiguos, algunos publicados y otros inéditos, y otros actuales. Esto que estoy escribiendo ahora forma parte de esa tetralogía que empezó en 2001, nada más terminar Escaleras del aire, y hablo de esta deconstrucción del lenguaje en la que estamos inmersos, donde nada de lo que se designa o se nombra tiene que ver con lo que se designa o se nombra, sino que es otra cosa completamente distinta y generalmente contraria a lo que se está diciendo. De todo eso hablan estos cinco poemarios. El primero lo empecé a escribir en 2001, después escribí otras cosas distintas, y hace cuatro o cinco años he vuelto sobre eso y he escrito tres poemarios más, y ahora el cuarto, que se titula En el infinito no hay refugio. Eso es lo que estoy escribiendo en estos momentos y va bastante avanzado.

Bastante avanzado, pero contando con que lo publicarás dentro de un tiempo.

Quiero hacer una excepción. De hecho, esta tetralogía iba a salir con una editorial, ya teníamos firmado todo, pero al final la editorial la han vendido y aún están en ese proceso, entonces bueno, está ahí parada la cosa. Seguramente lo publicaré con otra editorial. Pero sí me gustaría porque hay cosas que en estos momentos hay que decir de lo que está sucediendo y no se dicen, o no se dicen lo suficiente. O se callan, porque otro de los grandes estandartes del tiempo que vivimos es el silencio. Lo mismo que la cobardía, lo mismo que la infantilización y la miseria son las cuatro patas del banco donde estamos sometidos. Me hablaba un amigo ayer o antesdeayer y me describía la matanza del cerdo en Galicia, en las aldeas gallegas. Forma parte de la tradición. Yo creí que se había perdido esa fiesta, pero hace un par de días me mandó esto este amigo y por lo que veo en algunas aldeas de la montaña se sigue celebrando y, por lo que él me cuenta, siguiendo el mismo ritual de hace muchos años. Se reunía toda la familia, se reunían los vecinos, los amigos… Y los niños y los adultos compartían, que ahora también es sacrilegio, su copita de aguardiente, su chupito, como se dice modernamente, una vez realizado el sacrificio ritual y antes de las labores del festejo. Se tomaba para renacer de nuevo, coger fuerzas, porque en la montaña en Galicia en esa época hace mucho frío. Eso ahora está prohibido. Te pueden acusar de cualquier cosa, y forma parte de la tradición de siempre, no ha pasado nunca nada por eso. Es una cosita de nada (gesticula), como el vino nuevo. Cuando en las casas se hacía el vino, a los niños en las fiestas se les daba también el vino, lo mismo que a los adultos. Un vaso de agua tintado con el vino nuevo hecho en la casa, y no pasaba nada. Ahora todo es pecado.

Me admira esto de los quince años, que te lo tomes como una inversión a largo plazo, porque ahora no se invierte nada a largo plazo.

(Ríe) Claro, como nos han quitado el tiempo. ¿Qué vas a hacer, si no sabes dónde vas a estar? Eso que hasta ahora nos hemos creído de que hoy es martes, mañana miércoles, ayer lunes (la entrevista está hecha un martes), eso cualquier día nos lo cambian también, como la hora. ¿Qué más da? Lo comentaba el otro día, y además estabas tú cuando lo comentaba. Vivimos en el futuro y somos reliquias del pasado, lo mismo que el tiempo y todas estas convenciones que nos mueven en el día a día. La semana, los horarios… Esto cualquier día nos lo cambian, estamos en época de mutación. Somos como seres mutantes ya. Con lo cuántico, ¿qué tiene que ver el día de la semana en eso? Hace unos años me pidió un amigo un guion para un programa de televisión en la segunda cadena de Televisión Española. El programa era diario y la semana se reducía a un día. Me parece que era lo más real que se podía hacer. El lunes era el amanecer, el martes era la media mañana, el miércoles era el mediodía, jueves media tarde y el viernes era el anochecer. Sábado y domingo no existían. Y estamos en eso. Cada día digo: “¿Ya estamos a martes? ¿Pero cómo es esto?”. Y cada día la velocidad es mayor. No nos da tiempo a nada. Por más cosas que hagas en el día, no te da tiempo.

Además de poeta, eres videoartista. ¿Por qué canalizar tu creatividad a través de la poesía y el videoarte, y no a través de novela y pintura, por ejemplo?

Pues porque la imagen complementaba muy bien los poemas, lo que yo digo en los poemas. Mis poemas son muy visuales por lo que yo digo, por las imágenes que describo, que nombro en los versos, y las imágenes complementan perfectamente esa idea. Por eso empecé a hacer videoarte, hice videodanza también. La danza es una de mis debilidades, fui de los primeros en hacer videodanza a principios de los 90. Creo que la danza, la imagen y la poesía forman un solo cuerpo.

¿Tiene que ver esa vocación visual con que tus poemas sean, normalmente, tan cortos, tan concentrados, de apenas unos versos?

Sí, tiene que ver. Hay algunos que son más largos, pero no son excesivamente largos, es la excepción. Sí, tiene que ver con eso, con la danza, el gesto que crea la danza, el movimiento, el desplazar el aire necesario para vivir. En ese aire está el oxígeno que nos permite la vida pero que nos oxida al mismo tiempo. Todo eso forma parte. La imagen como idea, como materialización de esa eternidad efímera, porque todo es eterno pero todo es efímero. No hay ninguna eternidad que dure una eternidad, por mucho que nos empeñemos en ello. La eternidad está hecha de millones de incontables e infinitas eternidades, de fragmentos que son eternos pero que no duran ni un suspiro. Salvo cuando el dolor está presente, que entonces sí, entonces el tiempo se alarga. Por eso sucede también que cuando uno lee la lectura te regala tiempo.

Y cuando te aburres.

Y cuando te aburres. pero es que el aburrimiento tiene muchas cualidades. Una de ellas es que te hace ver que aún te queda tiempo. Aduéñate de este tiempo y haz con él lo que creas conveniente. Lo que creas para ti, lo que más te convenga. Y hablo de la conveniencia como un bien también superior, en contra de los otros bienes que nos regalan de los que he hablado al principio. Pero el aburrimiento tiene esa cualidad. Te regala tiempo.

No sigues, o al menos esa sensación me da, ningún tipo de estructura formal al escribir. ¿Es una elección consciente o instintiva?

Es consciente. Ni en mis poemarios ni en mis libros verás nunca una mayúscula.

Te lo iba a preguntar luego. ¿Por qué?

Las mayúsculas las tengo absolutamente erradicadas porque me parece que todo forma parte de la misma normalidad y no tengo por qué dar más apariencia o más jerarquía a unas cosas que a otras. Todo está en todo y todo forma parte de todo, y el presente es eterno. Las minúsculas tienen que ver con eso. Con las mayúsculas es como si de repente yo jerarquizase las cosas, y no. Estoy absolutamente en contra. Vamos, quien lo quiera hacer que lo haga. De hecho, lo hace la mayor parte del mundo, salvo yo (Ríe). Esa es una de mis particularidades. Tengo algunas más, pero esa es una. Desde lo primero que publiqué siempre me he negado a que se pusieran mayúsculas.

¿Y qué te dicen los editores?

Ya saben cómo soy, me conocen. Se limitan a disfrutarme, que no es poco (ríe). Lo hago siempre con carácter festivo todo esto. No es una imposición, no es nada arbitrario, pero se hace. Desde el goce y el placer.

Porque si no es el goce y el placer, ¿qué nos queda?

A ver. Nos queda eso que nos han regalado la evolución y el progreso. Transformar el trabajo, que era un castigo divino, en premio. Eso es lo que nos queda, en el mejor de los casos. Es que es una burla todo, y yo no lo soporto. Entonces, cuando me hablan de progresismo, me hablan de evolución, me hablan de todos estos conceptos manidos, caducos, que nos han traído a donde estamos, no los acepto. De ningún modo acepto ya esta historia. Es que ya ni la izquierda ni la derecha me dicen nada. Ni unos ni otros, no me dicen nada. Unos y otros de lo único que hablan es de los barrotes, para mi bien. Siempre para mi bien. ¡Que se los queden para ellos! Que yo generosamente se los cedo, no tengo inconveniente.

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Mencionas en vocativo varias veces a lo largo del poemario a la madre. ¿Es tu madre o es una figura simbólica?

No, es mi madre. Yo escribí un libro que se llamaba Dibujas ausentes, que está dedicado íntegramente a mi madre. Cuento su historia en poemas. Es un poemario al que yo quiero mucho y está dedicado a mi madre, a sus tetas y al alzheimer. A esas tres partes que formaron parte de mi madre. Y en casi todos mis poemarios hay algún poema en el que la nombro de un modo u otro. Porque aunque le dediqué el poemario aquel y hablo mucho de ella, cuento muchas cosas de ella, siempre que la nombras es como si aún estuviera ahí, como si aún no se fuera del todo. En ocasiones, es necesario sentirla. Yo entro en ocasiones en iglesias. Voy paseando por ahí y entro. No soy practicante ni nada de eso, pero entro y en la soledad de la iglesia pienso en ella o hablo con ella un minuto o una cosa así. Yo celebré durante años su cumpleaños en el cementerio. Iba con música y hacía un pasacalles desde la puerta del cementerio hasta su tumba. En la tumba recitábamos un poema que forma parte del libro  ese que yo le dediqué. Se llevaba una tarta, se encendía una vela, la banda tocaba el cumpleaños feliz, se apagaba la vela, tomábamos champán, bailábamos una pieza o dos y tirábamos dos o tres bombas de fuegos artificiales. Menores, pero las tirábamos. Esto lo hice durante seis o siete años. Después ya yo vivía fuera, me acercaba al pueblo en la fecha, pero dejé de hacerlo. Era una cosa que me encantaba hacer, porque mi madre era una festeira. Le encantaba la fiesta. ¿Qué mejor podía hacer que celebrar una fiesta? Cuando veo en México lo que se hace en los cementerios con los muertos lo siento muy próximo. Cuando en Madagascar hacen también lo que hacen con los muertos, que los sacan de la tumba, los lavan, les ponen ropajes, danzan para ellos, les ponen grandes manjares, me es muy próximo. Entre el muerto y el vivo no hay una separación muy grande, estamos muy unidos. Yo estoy convencido de una cosa: lo mismo que somos capaces de ver al aún no nacido en el vientre de la madre o incluso antes de que esté en el vientre de la madre, llegará un momento en el que podremos ver lo que haya después de la muerte. Estoy convencido. Y no es que crea o deje de creer en que haya un más allá, pero estoy convencido de que en algún momento podremos ver eso. Hay cosas inexplicables, pero que suceden, y a mí me tienen sucedidas unas cuantas. Así que no es cuestión de credo, es que me han sucedido unas cuantas cosas y puedo contarlas.

Siento que si te pregunto por algún ejemplo, podemos irnos por unos derroteros…

(Ríe) Sí, sí, podemos irnos. Hay cosas que funcionan. Hace unos años estaba escribiendo unas conferencias, y después con aquellas conferencias hice un guion para un largometraje. Todo aquello se llamaba Cosas vivas. Hablaba de las investigaciones científicas, de las tradiciones en diferentes partes del mundo. Y recuerdo que yo hablaba con un gran amigo, al que yo llamaba “Príncipe Africano”, un senegalés de la Costa Brava. Él me contaba algunas de las tradiciones del Senegal interior y eran muy semejantes a tradiciones que yo conocía de la Galicia interior. Había una cosa en la Galicia interior que anunciaba, por ejemplo, la muerte: los perros. El llanto de los perros, que anunciaba muerte inminente. Eso en los pueblos se sabía. Por eso digo que podremos ver algo más allá, porque los perros ven. Si los perros ven y nosotros en algún momento algo hemos visto, ¿por qué hoy no vemos aquello que veíamos? Hay olores que anuncian.

Hombre, en el caso de los perros es el olor, ¿no? El olor a descomposición incipiente.

Puede ser, pero hay olores que uno capta. Uno va andando tranquilamente y de repente dices: (Respira fuerte) “Dios mío, pero qué es esto”. Y sucede. Mi madre tenía cosas de estas que a mí me contó, y se cumplían. Estas cosas suceden, pero no solo con la muerte, con la vida también. Bueno, la muerte forma parte de la vida, pero no solo hablando de la muerte. A mí me pasó con el ascensor de mi casa, aquí en Madrid. De repente, un día entro en el ascensor y, sin que yo le toque al botoncito, se me mueve. Me baja al tercero. Bueno, alguien lo habrá llamado desde el tercero. Pero cuando llego al tercero veo que no hay nadie. Pues voy a tocar el botón, pero antes de que lo toque me lleva al cuarto. Tampoco hay nadie. Y me vuelve a subir al sexto, y no hay nadie y yo no toco el botón para nada. Por la tarde me vuelve a suceder lo mismo. Y la cosa se acaba cuando yo, en un momento dado, miro por todas partes el ascensor, sonrío y me digo: “No sé qué es esto ni quién eres, pero sea lo que esto sea y seas quién seas, me encanta”. En ese momento, noto un chasquido y se acabó la historia. Algo había ahí. Cuando yo digo: “No sé quién eres ni qué es esto, pero me encanta”. Esas cosas suceden, y son el pan nuestro de cada día, lo que pasa es que nos han sustraído todo eso y nos dejan la miseria y todas las otras cosas de las que hablábamos antes. Y así estamos (Sonríe resginado).

Cambiemos de tercio. ¿Qué lees?

Pues en estos momentos muy poco. Leo cosas de grupos de nuevos filósofos franceses, grupos alternativos que están estudiando la sociedad en la que vivimos y todas estas cosas de las que estamos hablando. Leo también poesía. Pero poco, o a ratos, por falta de tiempo. Lo que decía antes, nos han quitado el tiempo. El día que puedo ponerme y leer una hora seguida es un regalo inmenso. Ahora tengo la novela de un gran amigo mío, de Ramón Pernas, El libro de Jonás. Yo novela leo muy poca, pero las suyas sí. Las leo porque me encantan. Siempre se lo digo a él, para mí no son novelas, es poesía. Lo mismo que cuando hablaba de García Márquez yo decía que no era un novelista, sino un grandísimo poeta. Él mismo lo dijo cuando le dieron el premio Nobel en Estocolmo, que pensaba que se lo han dado por su vertiente poética.

Escribía en prosa, pero no significa que no hiciera poesía.

Claro. Es eso. Pues eso es lo que leo. Tengo el libro de Ramón Pernas, tengo algunos de poemas… Como decía un grandísimo amigo mío, que ya no está, pero al que yo quería muchísimo, que era Antonio D. Olano: “Antonino, yo cuando quiero leer un buen libro, me lo escribo” (Risas). Eso decía él y yo eso hago.

¡Qué humildad!

Antonio era grandioso. Era de lo más grande que he conocido nunca. Una persona extraordinaria, un pedazo de pan. Íntimo de Dalí, íntimo de Picasso, de Ava Gardner, del Ché Guevara, de Fidel Castro… Y, como él decía, de derechas (ríe). Pero formaba parte de la representación. Grandísimo amigo.

¿Y poetas? ¿Cuál te gusta?

Mi poeta favorito es Rilke. Pero mi poeta favorito es también Valente. Pero mi poeta favorito también es Gamoneda. Eugénio de Andrade, portugués, por ejemplo, me gusta mucho. Hay muchos que me gustan, lo que pasa es que yo tengo una memoria prodigiosa con la que me olvido enseguida de los nombres. Uno tiene estas virtudes también y no va a renunciar a ellas.

¿Dirías, entonces, que acusas influencias de esos poetas que te gustan?

Hombre, uno tiene influencias de todo, hasta del pan que no come. Hasta de eso tiene uno influencias. La gastronomía influye. Influye la meteorología. Si llueve, si no llueve, si hace frío, si hace calor. El coste de la electricidad te influye. Lo que lees, claro, te influye, lo que no ves en televisión te influye. Los anuncios que ves por la calle. Yo estuve interno en los Maristas. Nos daban de comida tres platos y postre, de cena dos platos y postre. Oye, y nos lo comíamos estupendamente. Y después merendábamos y después el desayuno… Estupendamente. Hoy soy incapaz. ¿Tres platos y postre? ¿Dos platos y postre? ¿Merienda? No puedo, pero por una razón muy simple: nos están alimentando continuamente. Todos los anuncios que vemos por todas partes son alimento. Son vitaminas que nos preservan contra ese mal que llevamos dentro, o que algunos llevan dentro, al que aspiramos cuando nos revelamos contra lo impuesto. Todo eso nos está alimentando, entonces claro, en vez de tres platos porque la televisión, los medios de ebullición, la prensa, todo lo que ves por la calle, todo te está alimentando. Y lo invisible. Lo invisible que sostiene todo eso, que aún alimenta más.

Las escaleras del aire.

Exactamente. Eso es lo que más alimenta.

Meryl Streep en el famoso discurso de los Globos de Oro termina citando a Carrie Fisher. Ella decía: “Take your broken heart and make into art”, es decir: “Coge tu corazón roto y conviértelo en arte”. ¿Es una perspectiva desde la que has abordado la creación poética?

En ocasiones sí. Por ejemplo, El fantasma perfecto, uno de mis libros, es una historia de amor terrible y feliz al mismo tiempo, o felizmente terrible, o terriblemente feliz, no sé cómo decirlo, porque es una historia que empieza por un sin querer. Como quien no quiere la cosa. La historia empieza un día a finales de enero de no sé qué año. Estrenaban la película de Coppola Drácula de Bram Stoker. Y caigo en un pueblo en Galicia con unos amigos. El dueño del cine del pueblo este nos coge a un grupo de amigos a las cuatro de la madrugada, en una niebla cerrada tremenda, y nos dice que le acompañemos a llevarle la ficha de la película a una amiga suya. Y nos lleva a un pueblo perdido. Aquello era Alemania, año cero. Un pueblo en ruinas, o eso me pareció en medio de la niebla, a las cuatro de la mañana con un frío tremendo de enero. Me parecía Alemania, año cero. El caso es que nos lleva a la casa de esta amiga suya, que tenía una pequeña huerta y vivía al lado del cementerio. Era la única casa del pueblo que estaba al lado del cementerio, para dejar allí en el buzón la ficha de Drácula. Yo veo todo aquello y entro en otra dimensión. Salimos de allí, para el coche en un descampado y dice: “¿Qué haríamos cada uno de nosotros por esta chica?”. Y cada uno dice lo que se le ocurre. ¿Y a mí qué se me ocurre? Pues después de lo visto, se me ocurre decir: “Yo me casaría con ella”. Claro, todos se quedan pasmados y dicen: “¿Cómo que te casarías con ella?”. Yo les dije que solo por seis meses, que en seis meses nos enamorábamos y luego nos separábamos. Ellos no daban crédito. Me decían: “¿Pero tú la conoces?”. Yo había hablado con ella dos veces diez minutos, no más. Quedó ahí la historia. Al día siguiente, domingo, a eso de las siete de la tarde, yo me acerco hasta el cine para despedirme del hombre este del cine y otros amigos porque yo el lunes me iba para Madrid, y cuando llego allí este hombre me dice: “Oye, que la chica con la que decías de casarte está ahí”. Y yo: “Ah, pues me parece muy bien”. Y me dijo que sabía lo que yo había dicho el día anterior. ¿Y qué iba a hacer? Pues me acerco a ella, nos saludamos, dos besos en la cara, y le digo: “Oye, que me dicen que ya sabes lo que dije ayer”. Y ella: “Sí, ya lo sé”. Digo: “¿Y qué dices?” Y me pidió una semana para contestarme, al sábado siguiente me daría la respuesta. Y efectivamente, volví el sábado a por la respuesta. Me tuvo toda la noche con todo el grupo de amigos suyos dando vueltas de discoteca en discoteca y a eso de las ocho de la mañana me dice: “Coge el coche, por favor, y llévame hasta casa”. Yo cojo el coche, la llevo y cuando estamos llegando al pueblo Alemania, año cero me hace desviarme. Yo me desvío y paro al lado de un río y cuando paro el coche me dice: “Sí”. Y digo: “¿Cómo sí?” “Que sí. Que a la propuesta que hiciste hace una semana te digo que sí”. Yo le pregunté que por cuánto tiempo y me dijo que para siempre. Yo le dije: “Mira, para siempre es poco tiempo y yo quiero que dure, así que si quieres lo negociamos” (Ríe). Así que lo negociamos para año o año y medio. Claro, cuando me dijo eso yo me quedé así… Y finalmente le dije: “Como yo he hecho la propuesta y tú me has dado la respuesta, piénsatelo durante un mes. Yo me voy, me vuelvo a Madrid, lo piensas, vuelvo y si es sí, pues es sí. Mi palabra la tienes, pero puedes volverte atrás si quieres”. Me dijo que no, que ya lo tenía decidido, pero que si quería esperar un mes, esperábamos un mes. Volví a coger el coche, la llevé a la puerta de su casa y como ya estábamos prometidos nos dimos dos besos castos. Quedo en volver a las seis de la tarde a recogerla para llevarla al cine, y cuando llego allí me la encuentro con dos maletas en la puerta de la casa y veo en la huerta que tenía un estanque maravilloso, con unos surtidores de agua, una cosa preciosa que yo no había visto hasta ese momento. Quedé obnubilado con aquello. Le pregunté qué hacía con las maletas y me dijo: “Le conté a mi madre lo que había dicho, me dijeron que si estaba loca y entonces me voy a Logroño, que vive mi hermana allí, a esperarte a que termine el mes. Cuando sea, ven a Logroño y me recoges”. Y dije: “Hombre, si te pones así, con maletas y todo, no esperamos más, empezamos ya”. Abrí el maletero, metí las maletas y adelante. Pero claro, ¿qué sucedió? Que había que cumplir lo estipulado. Ella había dicho para siempre, pero yo había dicho por un tiempo limitado. Había que enamorarse y, pasado un tiempo, cortar. Y, efectivamente, nos enamoramos, ¡y cómo! Pero había que cortar. Y dentro de la locura, porque aquello era una locura todo, nos empeñamos, o yo me empeñé, o fuimos los dos, ya no sé muy bien, en cortar. Y cortamos. Y entonces sí que fue la locura de dolor terrible e inmenso. Pero de ahí surgió El fantasma perfecto. Porque yo era un fantasma absolutamente perfecto porque era visible. La invisibilidad se había hecho visible, pero seguía siendo invisible al mismo tiempo. Participaba de las dos caras. Fue terrible, pero al mismo tiempo gozosísimo. En varias ocasiones, ella volvía, y cuando volvía yo me apartaba, deseando que volviese, porque había que mantener lo que se había hablado. Ahora ella está felizmente casada, somos amigos. Pero fue tremendo.

¿Y no habría sido más fácil mantener la relación y no cumplir lo estipulado, que al fin y al cabo lo estipulado no es más que otra convención?

Sí, hubiera sido más fácil. Seguramente mejor, no lo sé, porque las cosas suceden como suceden y sucedieron como sucedieron. Pero es que había una parte más. Como todo estaba perfectamente estructurado, era una operación matemática. Por tanto, si todo se cumplía, la idea era que el dolor estaría erradicado, porque era una operación matemática, no había lugar para el dolor. Y esa fue la equivocación. Se cumplió todo, pero el dolor estaba, ¡y cómo estuvo! Tremendo.

Es una idea presuntuosa pensar que el dolor no va a tener lugar. Siempre lo encuentra.

Ya sabes. Pero tú me hablabas del corazón roto para crear, pues mira, sí. Cuento esta historia porque fue así. Podría contar otras, pero cuento esta.

Voy a acabar ya. ¿De dónde te brota ese torrente de verbo, escrito o recitado?

Lo llevo dentro. Me sale de dentro. Soy así, soy este. ¿Qué te voy a decir? Y como soy muy guapo y me gusto… Y no lo digo con falsa modestia (Ríe). Me encanta, lo disfruto. Vas descubriendo cosas, descubres cosas que no sabías mientras las dices. De algún modo las intuías, las llevabas dentro, pero se hacen reales cuando las verbalizas. En ese momento las haces realidad, y me encanta dar realidad a todas esas invisibilidades buenas, gozosas. Otras no, esas sí. Es que la interrelación entre los sueños, lo que llamamos real, lo impuesto, los deseos, la energía que dicen otros, todo eso conforma una unidad inseparable. Y uno no sabe muy bien dónde está en esos puntos, pero está en esa unidad. Dices una cosa, haces otra, pero que todo forme parte de la felicidad. Empezábamos al principio con aquella ley que yo no acepto. No es la ley, es la felicidad por la que me muevo. Siempre y a cada instante. Por eso me muevo constantemente. Y cuando veo sus ojos, “sus ojos eran mis ojos, qué mayor prueba de amor/jugábamos al tiempo y lo sabíamos/ sus ojos eran mis ojos, así que nada se podía hacer/ tan solo alcanzar la muerte y, después, rezar”.

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