Análisis de un plano: Trono de sangre | Gran Imaginador

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Es noche cerrada, una de esas noches pavorosas de negrura y tempestad concebidas para albergar los más horrendos crímenes. Un hombre se mira las manos, que chorrean sangre, mientras se mujer, fría como el hielo, se las intenta lavar en agua. El hombre ha asesinado a su señor mientras dormía, en un traicionero golpe de Estado que le permitirá ser un Rey odiado y tiránico. Por la espada llega a su trono, y por la espada será desbancado de él.

Los más avezados estarán pensando en las Tierras Altas escocesas y en el traicionero Macbeth, sentado en su trono de usurpador en Cawdor al lado de su malvada esposa. Y, sin embargo, la mitología histórica a la que nos hemos remitido es otra: la de los bosques densos y las espadas curvas de los samuráis del Japón feudal. Porque los dramas de William Shakespeare, demostrando así su carácter universal, encontraron a partir de 1950 un eco de adaptación en el cine japonés de postguerra y, en concreto, en la figura gigantesca de Akira Kurosawa.

Kurosawa fue, junto con Kenji Mizoguchi y Yasujirô Ozu, el adalid del nuevo cine japonés. Él fue quien puso a la cinematografía nipona en el panorama internacional con el revuelo que se organizó tras la proyección de su Rashomon en el Festival de Venecia en 1951. Aliado con su actor fetiche Toshiro Mifune, Kurosawa basó su obra y su prestigio en recreaciones históricas del japón feudal como La fortaleza escondida, Los siete samuráis o Yojimbo, que le convirtieron en una referencia fundamental para cineastas como Sergio Leone, Steven Spielberg o George Lucas. No es extraño: al final, Kurosawa, gran conocedor de la cultura occidental, había recogido los códigos clásicos del cine negro, el western y el teatro de Shakespeare, por lo que simplemente los estaba devolviendo rebotados y pasados por el tamiz de la mirada oriental.

Aquella primera etapa del autor japonés, que duró hasta su ruptura con Mifune en 1965, tuvo un título que destacó por encima del resto de películas que dirigió, y ya es decir: Trono de sangre, la traslación de la tragedia de Macbeth al tropos habitual del director. El nombre del usurpador cambia a Washizu (Toshiro Mifune), que está acompañado por su esposa Lady Washizu (Isuzu Yamada); no son brujas las que se le aparecen en el bosque para anunciarle su destino, sino un anciano hechicero; y el objetivo a alcanzar no es la fortaleza de Cawdor, sino el castillo de la Tela de Araña.

Las mayores virtudes del cine de Akira Kurosawa están potenciadas al máximo en esta película. Su dominio de los tiempos, tan oriental, es pausado si se compara con los cánones occidentales, pero resulta de una gran perfección. La narración se toma con calma las escenas de las dudas de Washizu, o aquellas en las que nos muestra la locura esquizoide de Lady Washizu. Sin embargo, el ritmo es trepidante en la cabalgata de Washizu por el bosque de la Tela de Araña o en el final.

Pero, sobre todo, destaca la soberbia capacidad plástica que tenía Kurosawa. Trono de sangre está llena de poderosísimas imágenes. Por ejemplo, la fotografía potencia el encuentro con el hechicero del bosque al exagerar el blanco de sus ropajes mientras hila con una rueca; la escena final en la que los propios seguidores de Washizu lo acribillan a flechazos y el rostro desencajado por el pánico de este son absolutamente sobrecogedores; pero sin duda el momento más brillante es el que hemos escogido como plano a analizar.

Se produce un poco antes de la mitad del filme, cuando el señor del castillo de la Tela de Araña se encuentra alojado en la fortaleza de Washizu. Lady Washizu recuerda la profecía que su marido escuchó y lo azuza para que asesine mientras duerme al líder feudal. A Washizu lo paraliza el miedo pero, finalmente, la voluntad de su esposa es demasiado fuerte y claudica. Lady Washizu se dirige lentamente, en plano general, hacia una de las puertas correderas de la habitación. El plano cambia a un plano medio, que nos muestra a Lady Washizu sobreencuadrada por el armario que ha abierto. En el interior no se aprecia nada, tan solo una gran negrura. La esposa traicionera entra dentro hasta sumergirse en las tinieblas y, después de unos pocos segundos, vuelve a emerger de frente con un cántaro lleno de sake, destinado a dormir a los guardias.

La habilidad visual que tiene el director convierte la escena en aterradora. El personaje de Lady Washizu es frío como un témpano de hielo, y su voz en la versión original tiene un sempiterno tono de cruel ironía que resulta enervante para el espectador, que no puede dejar de comprender a Washizu. Y luego están los significados. Ese salto al vacío de la inmoralidad está recreado con una bellísima plasticidad gracias a esa oscuridad del armario que atrapa a la esposa. Cuando sale de ella, ya no hay marcha atrás: la oscuridad se ha convertido en parte inherente del matrimonio. La escena se termina de redondear con el molesto frufrú que hace el vestido de Lady Washizu cuando se mueve.

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