Una soledad demasiado ruidosa | Gran Imaginador

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“Los errores que yo he cometido en la vida también los cometen mis protagonistas” 

(B. Hrabal)

Para cuando Bohumil Hrabal se sentó a escribir en 1977 la que él mismo consideraría su mejor obra, Una soledad demasiado ruidosa, la decisión de firmar el conocido ‘Manifiesto de dos mil palabras’, todavía le seguía pasando factura.

27 de junio de 1968. Primavera de Praga. El periodista y escritor checo Ludvik Vaculik publicaba por encargo de los intelectuales de la Academia de las Ciencias Dos mil palabras a los trabajadores, campesinos, científicos, artistas y a la ciudadanía. El manifiesto, apoyado por miles de personas, pretendía acelerar las reformas emprendidas contra el régimen comunista dirigidas por el político checoslovaco  Alexander Dubček.

No obstante, las intenciones se quedaron en tinta. En agosto de ese mismo año, la URSS y sus aliados del Pacto de Varsovia invadieron la antigua Checoslovaquia, poniendo fin al proceso de apertura política. En cuanto a Hrabal, su adhesión al ‘Manifiesto de dos mil palabras’ le costó más de siete años de silencio editorial, dos libros retirados de la venta y una publicación incompleta y cronológicamente desfasada. Fue precisamente en ese hervidero, una década después de su sentencia de muerte pública como escritor, donde surgió Una soledad demasiado ruidosa, publicada en samizdat (clandestinidad).

Pero comencemos por el principio.

Bohumil Hrabal nació en Brno el año de la Gran Guerra. El siglo XX le convirtió en aquella clase de humanos que, por desgracia o por ‘suerte’, vivieron dos batallas mundiales, todo tipo de represiones políticas, transiciones y crisis económicas. Hrabal, con una ‘ache’ bien aspirada, padeció la belleza de una Checoslovaquia herida durante más de ochenta años. A día de hoy, Europa recuerda unas cuantas novelas suyas, -pocas son las traducidas-, mientras que su tierra natal lo reconoce de manera clara como uno de los más grandes autores del pasado siglo.

A pocas semanas de conmemorar los veinte años de su fallecimiento, Bohumil llegó a mis manos sentada en la sala de presentaciones de La Central de Callao. Un espacio diminuto para lucir la publicación de la última novela del escritor traducida al español, Mi gato Auticko. La propia Monika Zgustova, su traductora oficial, nos contaba entre pensamientos mudos qué había sido para ella descifrar los significados de las novelas Hrabal. Monika le había conocido en persona, seguramente en el momento de mayor viveza y producción literaria del checo, que no se dedicó al completo a escribir hasta 1962, con poco más de cincuenta años. En el encuentro, recuerdo a Monika intentando escoger muy bien sus palabras para expresar los sentimientos y estilo de su autor más traducido. Seguramente, sería en esa decodificación necesaria entre idiomas cuando de verdad entendería al Hrabal-escritor, y dejarse así atrapar por él indefinidamente.

Cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo que conduce más allá de sí mismo.

‘Una soledad demasiado ruidosa’ (1977)

Admito, antes de que usted lector continúe, que lejos quedo de ser una experta en literatura checa y menos aún del escritor en cuestión. Diré a mi defensa que fue ese, precisamente el que llevaba en el título ‘soledad’, el que yo buscaba y, cuatro librerías después, encontré. Una soledad demasiado ruidosa. Me quedaba menos de un día para coger un avión a Praga y yo no me quería ir sin Hrabal. Qué obsesión, pensará alguno. Pero no sería para mí la primera ni última vez que conocer una ciudad al ritmo de su literatura llega a sorprenderme.

El que se adentre ligeramente en el universo Hrabal, caerá en la cuenta de que él jamás dejó de escribir autobiografías.  Y el último libro mencionado es un claro ejemplo. Hant’a lleva treinta y cinco años trabajando en una trituradora de papel, libros y reproducciones de cuadros. Sus víctimas son sus únicos compañeros. Encadenado durante décadas a su tarea, Hant’a convive con sus fantasmas mientras pretende luchar contra una inevitable desaparición de la cultural en un mundo violento y cambiante. A diario, desciende hasta el sótano donde se encuentra la prensa y desde una trampilla en el techo recibe un montón de papeles listos para ser devorados: envoltorios, libros, papeles de deshecho del matadero llenos de sangre, libretas, así como restos de comida y ratones que comparten espacio con el protagonista..

Polifacético y pluriempleado, Hrabal fue dejando rastro de su propia vida en sus libros: ferroviario (Trenes rigurosamente vigilados, 1964), obrero metalúrgico (Anuncio una casa donde ya no quiero vivir, 1965), tramoyista de un teatro (Bodas en casa, 1986), cartero, agente de seguros y empacador de libros censurados en una planta de reciclaje de papel. Tesoros pasados por la guillotina. La censura dentro de la censura. Hrabal escribe Una soledad demasiado ruidosa a modo de diario, un amargo y bellísimo monólogo sin diálogos ni aparente acción. El texto se presenta de manera uniforme, como si él mismo hubiese tenido el don de volcar sus pensamientos en bruto sobre papel, divididos en unos cuantos capítulos que coincidieron con las ediciones clandestinas de la novela.

Oficialmente, no fue publicada hasta 1980 y sólo en el extranjero. Desde 1977 se distribuiría por Chequia de manera prohibida, lo que se conocía en checo como samizdat. Durante la Guerra Fría, la auto-publicación, significado etimológico de samizdat, se convertiría en la única alternativa a la censura del régimen soviético y, por extensión, de los gobiernos comunistas de la Europa Oriental. Una práctica de transcripción a mano o mecanografiado de la que Vladímir Bukovski diría: “Yo mismo lo creo, edito, censuro, publico, distribuyo y resulto encarcelado por eso”.

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Dibujo sobre Una soledad demasiado ruidosa (B. Hrabal, 1977). Autor: Miriam Sungranyes.

Absteniéndose de la última parte, la autoedición actual guarda muchas similitudes con el samizdat del momento. Sólo en Checoslovaquia y Hungría, durante los años 70 y 80, se imprimieron de manera clandestina más de 12.000 ejemplares. Los escritores arriesgaban su vida por su literatura, como Hant’a la arriesgaría rescatando los más valiosos libros de las garras de la prensa. Los destruía por oficio y salvaba algunos por pasión. Luego, al llegar a casa, estos le asfixiarían en la estantería sobre su cama, consumiéndolo lentamente.

Como sucede también con Kafka, Kundera o Hasek, los otros grandes autores checos, la ciudad de Praga cobra una irremediable y nostálgica magia en las novelas de Hrabal. Él describe a sus individuos como si fuese representante de todos a título individual, componiendo su propia capital, fría y sufrida. El propio Milan Kundera se referiría a él como “la encarnación de la Praga mágica, una unión del humor terrenal y la imaginación barroca”.

En un artículo para El País Cultural en 2014, el reportero y director del Instituto Cervantes de Praga Ramiro Villapadierna dijo que, posiblemente, Bohumil Hrabal sea el rey no coronado de la literatura centroeuropea. No obstante, consiguió lo que muy pocos: en un centenar de folios hacerse valer entre la más bella literatura del continente. Las obras de Bohumil no se desempolvaron hasta los 60; justo a continuación, comenzaron a realizarse tiradas de 150.000 ejemplares con segundas y terceras ediciones.

A pesar de todo ello, actualmente Hrabal yace muerto entre los libros de cualquier librería hasta que una editorial y traductora apasionados se lanzan a rescatar otra de las maravillas del checo. Es entonces cuando los más curiosos deciden darle a la literatura centroeuropea la atención que se merece. La disección más veraz del continente bajo la memoria de sus escritores, de aquellos que quisieron congelar la identidad de un país más allá de su siglo. Y yo, mientras te sigo desvistiendo, Hrabal, me pregunto: ¿qué nos quedará todavía por descubrir?

“Soy una jarra llena de agua viva y agua muerta, basta que me incline un poco para que me rebosen los más bellos pensamientos, soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí, y cuáles he adquirido leyendo, y es que durante estos treinta y cinco años me he amalgamado con el mundo que me rodea porque yo, cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos.” 

‘Una soledad demasiado ruidosa’ (1977)

Imagen de cabecera: Bohumil Hrabal

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