Goya 2017: Cuestiones estéticas | Gran Imaginador

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Los Premios Goya de 2017 se entregaron el pasado sábado por la noche en el Madrid Marriott Auditorium Hotel y tanto los medios de comunicación como las redes sociales ya han exprimido hasta la última gota de jugo a la parte pueril de la fiesta del cine español: vestidos, chistes, momentos, Roviras y demás. Por ello, nos centraremos aquí en el atino y merecimiento de los premios según un criterio estrictamente estético ya que, al final, rebuscando entre la madeja de temas satélite que rodean a los galardones, encontramos que es de lo que se trata.

Ha habido poco espacio para la sorpresa, como viene siendo habitual últimamente en los premios. Las dos grandes triunfadoras de la noche fueron, como ya se había anticipado, Tarde para la ira y Un monstruo viene a verme. La primera porque aunque solo recibió cuatro galardones fueron los gordos: mejor película, mejor guion original, mejor actor de reparto para Manolo Solo y mejor director novel. Novel, claro, por la circunstancia insignificante de que es la primera película de Raúl Arévalo. Por su parte, la producción de Telecinco Cinema se lleva 9 estatuillas, aunque la mayoría de ellas pertenecen a las llamadas “categorías técnicas”, de las cuales unas lo son y otras no tanto. El reparto de los cabezones entre estas dos cintas dejó como grandes damnificadas a las otras tres cintas nominadas a mejor película. El hombre de las mil caras se tuvo que conformar con el mejor guion adaptado y con el Goya de ley a Carlos Santos al mejor actor revelación; y Que Dios nos perdone y Julieta tan solo consiguieron rascar sendos premios al mejor intérprete, masculino y femenino, para Roberto Álamo y Emma Suárez.

Decía lo de que las categorías técnicas no lo son tanto porque en ese saco entran premios como el de mejor fotografía o el de mejor banda sonora, que son intrínsecamente artísticos y de hecho generan derechos de autor. Los dos han ido a parar a Un monstruo viene a verme y estoy en desacuerdo con ello. En el caso de la música, se trata probablemente de una cuestión subjetiva, pero a juicio de quien esto escribe la banda sonora de Julio de la Rosa para El hombre de las mil caras se adapta mucho mejor al conjunto estético de la historia de espías que la partitura de Fernando Velázquez al ambiente del monstruo. Y este argumento es todavía más pertinente en cuanto a la fotografía. A estas alturas, el cine patrio cuenta con grandes profesionales que van a fotografiar impecablemente cualquier película, por lo que no es solo la pericia lo que se tiene que valorar a la hora de entregar el premio. La fotografía, al igual que el guion o que el montaje, aporta un plus discursivo al conjunto estético de la obra, y en ese sentido el trabajo de Arnau Valls para Tarde para la ira es más atinado artísticamente que el de Óscar Faura. El tono sucio, el color deslucido, la luminosidad enferma de la fotografía de Tarde para la ira son vitales para conseguir la visceralidad tremenda de la película y por ello el Goya debería haber ido a parar a la ópera prima de Arévalo.

Estuvieron acertados los académicos en los premios de guion. El reconocimiento a El hombre de las mil caras es merecidísimo, ya que en una película de espías como esa es crucial mantener el interés sin perder al espectador, y el equilibrio es muy difícil de conseguir. La trama del filme de Alberto Rodríguez, que firma el libreto junto a Rafael Cobos, avanza de la mano del espectador pero un pasito por delante, de tal forma que consigue siempre sorprender sin enredar. La dificultad añadida de adaptar un hecho real cercano en el tiempo acentúa aún más si cabe el éxito de Rodríguez y Cobos. Con respecto al mejor guion original, hubiese preferido que se lo llevasen Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña por Que Dios nos perdone. Al igual que ocurría con la película anterior, la trama de género negro no decae en ningún momento y, como explicábamos aquí, construye una historia atractiva y con poso utilizando recursos tan clásicos como un locus concreto (el verano madrileño), la pareja de detectives con caracteres antagónicos y unos diálogos muy naturales, una de las asignaturas pendientes del cine español. No obstante, el guion que escriben David Pulido y Raúl Arévalo es también fantástico, cortante, seco, concentrado, por lo que el premio es justo.

Emma Suárez se convirtió en la tercera gran protagonista de la noche al alzarse con los dos premios de interpretación femenina del año. Es una hazaña histórica en los Goya, y además cobra relevancia por las circunstancias extracinematográficas de la actriz: después de haber triunfado en los años 90, Suárez desapareció del mapa durante un tiempo. Es complicado para las intérpretes que están en el tramo de edad de la protagonista de Julieta encontrar papeles de cierta envergadura y los dos premios suponen todo un espaldarazo. Su trabajo en Julieta se ve lastrado en cierta medida por la contención que últimamente exige Pedro Almodóvar en su cine, pero sigue siendo un gran ejercicio de introspección e intimidad. En cuanto a la categoría masculina, este ha sido probablemente uno de los mejores años. Era prácticamente imposible decidirse entre los cuatro actores nominados. Luis Callejo en Tarde para la ira da en el clavo con un personaje macarra y violento, pero también muy asustado. Su compañero, Antonio de la Torre, se marca otro protagonista torvo pero matizado, contenido de verdad y tremendamente amenazante. Roberto Álamo se llevó su segundo Goya por el animal de bellota que ha compuesto para Que Dios nos perdone. El inspector Alfaro es una furia, una combustión constante, y Álamo se ha salido con una composición de personaje en la que ha apostado por lo físico. Sin embargo, creo que el Goya al mejor actor de este año, sin desmerecer para nada al ganador, debería haber ido a parar a Eduard Fernández. La interpretación del catalán está medida al milímetro en un personaje que tiene muchas menos posibilidades de lucimiento que el de Álamo. La perfección que alcanza Eduard Fernández en la dicción, en los tempos del diálogo y en los tonos es absoluta.

Nos queda, por último, valorar los premios más importantes de la noche: película y director. El Goya al mejor director novel para Raúl Arévalo era una categoría más cantada que el “cumpleaños feliz”, con todo merecimiento, pero no deja de resultar una pena para Salvador Calvo, porque su trabajo al frente de 1898. Los últimos de Filipinas es impecable: épico cuando debe serlo, íntimo cuando toca, con secuencias de combate bien hechas y con un empaque general muy aseado. En cualquier otro año, sin duda él habría sido el premiado. Quizá porque Arévalo estaba en el grupo de los noveles la lucha por el Goya al mejor director ha quedado un tanto deslucida: habría sido interesante ver si los académicos se hubieran decantado por él o por Bayona. El director de Un monstruo viene a verme se lleva su tercer cabezón por su tercera película. Al igual que ocurrió con Lo imposible, este Goya suena a reconocimiento por los resultados de taquilla más que a otra cosa. Porque Un monstruo viene a verme es una película más que correcta en su realización, con momentos de una dramaturgia verdaderamente poderosa y con un enfoque valiente y original, pero a ojos de quien esto escribe hay algo que no termina de encajar, una falta de personalidad. Bayona es un buen director, qué duda cabe, y es capaz de manejar filmes de alto presupuesto que funcionan como un tiro en taquilla, pero no es, al menos de momento, un buen autor. Por ello, aunque el Goya no es inmerecido, creo que hay que ponderar la valía de sus compañeros de nominación.

El que sí que es un autor, para bien o para mal, es Almodóvar. Sus películas denotan una mirada personal que, guste o no, se corresponde con lo que los escritores franceses de Cahiers du cinéma definieron como “auteur”. Ahora bien, ¿es Julieta una película con un enfoque estéticamente válido y eficaz? Bien, sí y no. Sí porque en esta etapa de su carrera Almodóvar ha apostado por la intelectualización fría, por la distancia emocional. Al igual que hicieran Bertolt Brecht con su teatro y, sobre todo, Robert Bresson con su cine, el manchego mide y contiene la narración de sus películas y a sus actores con el fin de despojar de emoción lo que debe ser aprehendido como concepto. Y esa es una forma de abordar el arte cinematográfico perfectamente válida como autor. Pero, al igual que le ocurría a Bresson, precisamente la distancia dificulta la capacidad del espectador de interiorizar lo que el cineasta pretende contar. Las ideas y sentimientos de Hable con ella o de Volver se transmitían mucho mejor porque estaban envueltas en calidez, y es por ello que la mirada almodovariana actual, concretada en Julieta, no es eficaz. Probablemente haya sido justo que, en esta ocasión, no se llevara el Goya.

Quien sí hubiera sido un correcto vencedor del Goya al mejor director es Alberto Rodríguez. Aunque El hombre de las mil caras no es La isla mínima, Rodríguez se ha erigido en alguien capaz de llevar a cabo cintas de género fantásticamente bien hechas. Además de las virtudes del guion que señalábamos antes, el ritmo de la película no da tregua, y las distintas escenas están muy bien entrelazadas por secuencias de montaje resultonas. La cámara de Rodríguez está siempre donde tiene que estar, más movida en los momentos en los que se necesita ritmo porque los personajes se trasladan (es una película con mucho vaivén narrativo), pero quieta cuando toca analizar a Roldán o al propio Paesa. Aunar guion, dirección e interpretaciones para conseguir un conjunto cerrado es tarea del director y, en ese sentido, El hombre de las mil caras era impecable. Algo parecido le ocurre a Rodrigo Sorogoyen, que dirige una película a la que se le pueden encontrar muy pocos defectos. La suya es la propuesta más clásica de todas las que se planteaban este año, tanto en la utilización de los elementos del film noir como en la elegante manera de afrontar una narración transparente en la que el único lucimiento por parte del director es, precisamente, obviar que existe. Este año no ha sido, pero Sorogoyen subirá pronto a recoger un Goya y estamos deseando que así sea.

¿Y por qué es una excelente noticia que Tarde para la ira haya sido la mejor película española de 2017? Por varias razones. La primera es que el esfuerzo de Raúl Arévalo y el tesón para sacar adelante el proyecto durante años lo merecían. La segunda, porque es un filme fantástico, visceral, excesivo, rabioso, de los que te deja encogido en la butaca desde el primer minuto. Y la tercera, porque además de eso es una película de autor, una película en la que el director tiene muy claro lo que quiere contar y cómo lo quiere contar de una manera muy personal. Ya la primera escena, con el plano secuencia de Luis Callejo en el coche, es brutal. Y, a partir de ahí, la inquieta cámara en mano de Arévalo se pega a los cogotes de los personajes y los sigue por ese espacio diegético tan duro, tan sucio, tan demacrado, para conseguir que todo el torbellino de furia que llevan por dentro De la Torre y compañía se traslade al espectador en todo su negro esplendor. Tarde para la ira es un thriller angustioso, pero sobre todo es un neowestern. Un western crepuscular, de barriada española y campo castellano, en el que la violencia ataca al público con la delicadeza de una descarga cerrada de fusilería y en el que la ira se desata a fogonazos. Raúl Arévalo ha conseguido cine, con todas las letras, de una calidad excelente y la Academia ha acertado de lleno reconociéndolo. Y solo es su primera película.

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