De curas, comunistas, panfletos y la manía del proselitismo | Gran Imaginador

Reverendo Lovejoy

Yo tenía doce, trece, catorce años y frecuentaba un movimiento juvenil religioso. En realidad mi estancia allí se prolongó hasta los dieciocho, pero estoy especialmente interesado en hablaros de esa edad en la que se fraguan las primeras inquietudes. Caí en aquella organización como bien podría haber participado en las Juventudes Comunistas de Madrid. Como tantas cosas en la vida, los grupos en los que se desarrolla un adolescente a menudo dependen exclusivamente de sus padres. Con el paso del tiempo encontré importantes similitudes entre ambos mundos. La primera: en ambos espacios se milita.

El movimiento, fundado por un jesuita admirador de las técnicas que empleaban los rusos en la formación de líderes más allá del Telón de Acero, hacía especial hincapié en la educación. Tanto para dar testimonio de la fe como para ayudar a los proletarios a adquirir conciencia de clase es fundamental ser ejemplar en el cumplimiento del deber, profundizar día tras días en las convicciones que te han llevado a tomar ese camino y formarse con esmero. Supongo que, sin comerlo ni beberlo, recibí una educación propia de las más estrictas academias de Moscú.

Cada uno de nosotros tenía un guía que nos recomendaba las lecturas que considerara provechosas para nuestro crecimiento. Y aunque la figura os pueda parecer similar a la de un comisario político, lo cierto es que encontré un amigo en varios de los monitores que me tuvieron a su cargo. Creo que realmente velaban por convertirme en la mejor versión de mí mismo y se esforzaban por que pusiera mis capacidades a disposición de un bien mayor. No creo que el Reino de los Cielos sea exactamente una economía de planificación central, pero día tras día poseo una certeza mayor de que muchos de los aspectos de mi carácter que formé en aquel movimiento están revestidos de un estilo filocomunista. Y comprenderéis que me sorprenda, pues mi familia católica, apostólica y romana fue la gran entusiasta de que participara en aquel ambiente.

Mi curiosísima experiencia con “El esbirro”

Junto al deporte, el compañerismo y la superación, el estudio ocupaba un lugar preeminente en el movimiento. El primer libro que me recomendó mi guía fue Cuarenta años en el Círculo Polar, del padre Segundo Llorente. La autobiografía de este misionero me cautivó y, gracias a él, la religión dejó de ser para mí un mero hobby para las señoras llenas de temor ante la inminente llegada de su muerte. Descubrí que el cristianismo tenía la potencialidad de convertirse aventura trepidante en la que el servicio a los demás daba sentido a la vida y, absorbido por aquellas páginas, recorrí embelesado Alaska en una maravillosa obra llena de amor y de exóticas descripciones sobre los inuit. Quizá con los años aquella fe se resquebrajó, pero siempre agradeceré lo energizante que fue para mí aquel primer contacto.

Al poco crecí y cayeron en mis manos historias más crudas. Una de ellas fue “El esbirro”, de Sergei Kourdakov. Este libro era también autobiográfico. En él, el autor narraba cómo abandonó su vida pecaminosa en la Unión Soviética, donde teóricamente perseguía y mataba cristianos, para iniciar un camino de conversión. El libro estaba repleto de historias heroicas, desde su dura infancia en los estrictos orfanatos del Estado a su atlética proeza al saltar desde un barco militar para nadar hasta las costas de Canadá. Allí consiguió asilo para más tarde emigrar a los Estados Unidos y formarse en la fe en el seno de una iglesia evangélica.

Portada de la 21ª edición de El esbirro
Portada de la 21ª edición de “El esbirro”

Sergei Kourdakov pronto se convirtió en una autoridad, daba charlas en diferentes iglesias e incluso aparecía en la televisión contando las atrocidades que aseguraba haber cometido contra los cristianos de la URSS. La muerte precoz de este refugiado precipitó la publicación de sus memorias y, aunque existía una gran cantidad de indicios que apuntaban a que Kourdakov se suicidó, la prensa norteamericana responsabilizó de su pérdida a la KGB. De la noche a la mañana, este hombre se convirtió en mártir y su libro se convirtió en un bestseller. Miles de cristianos encontraron este testimonio un verdadero ejemplo, pero lamentablemente alguien jugó con su inocencia y su credulidad.

De acuerdo con la revista digital Entrelíneas, los hechos narrados en “El esbirro” son ficticios en su gran mayoría. Así lo demostró accidentalmente en 1973 Caroline Walker, una fervorosa cristiana estadounidense que leyó con pasión el libro y emprendió un viaje tras las huellas de su protagonista con la intención de inmortalizar su gesta en un documental. Entonces entrevistó al sheriff que encontró su cadáver, visitó Canadá para recoger el testimonio de quienes lo acogieron y emprendió un viaje a la Siberia natal del protagonista.

Pronto descubrió que los amigos y conocidos de Kourdakov contradecían las informaciones del libro y que en él figuraban personajes que nunca existieron y eventos que nunca llegaron a ocurrir. El amargo hallazgo de Walker supuso una tremenda crisis de fe para ella, un desengaño que podría haberse evitado si el bloque capitalista no hubiera inventado un ídolo con pies de barro. Si su cautivadora historia de conversión no se hubiera retorcido hasta el punto de convertirla en un panfleto anticomunista, quizá hoy día podríamos conservarla. Sin embargo, hoy por hoy no representa más que una manifestación maquiavélica en la que todo vale con tal de difundir un mensaje determinado. Por eso quisiera compartir con vosotros una pequeña reflexión:

Allí donde nace la militancia muere la verdad

Y no es mi intención ridiculizar la lucha de la gente con ideas y valores. Solamente quisiera hacerles un regalo para que sigan su lucha. Quizá un comunista vea un enemigo en la burguesía y considere que su eliminación es imprescindible. Del mismo modo, es posible que determinados sectores del cristianismo vean en la izquierda radical una amenaza. Ahora bien, para vencer a un enemigo presuntamente maligno, es preciso emplear armas virtuosas. Son las tremendas incoherencias y contradicciones en el seno de las organizaciones políticas y religiosas las que desencantan a aquellos militantes realmente dispuestos a entregar la vida por su causa. Tenemos al enemigo en casa y más nos vale aplicarnos.

Por tanto, si habéis llegado hasta aquí e independientemente de vuestra afiliación política o sensibilidad religiosa, permitidme ofreceros un consejo un tanto moralista a medio camino entre el desencanto y mis más firmes convicciones. Vuestra causa os parecerá maravillosa, pero no es lo suficientemente importante como para que mintáis por ella, engañéis a las personas que confíen en vosotros ni os volváis unos proselitistas paranoicos. El día que nos hagáis daño lo recordaremos y vuestro fanatismo eclipsará vuestra lucha.

Lamento comprobar que esta idea tan simple a veces no se tiene demasiado clara en los colectivos. Por eso la regalo. Os animo a hablar con quienes piensan diferente sin la intención de convencerlos. Compartid con nosotros, no por ser unos descreídos somos peligrosos.  Además, el día que dejéis de relacionarnos con quienes estamos fuera de nuestro mundo enloqueceréis, os volveréis viles y, al igual que Anakin Skywalker, os convertiréis en aquello que un día jurasteis destruir.

P.D: No sé cómo he llegado aquí, yo solo quería reseñar la brillante obra “Los curas comunistas” de José Luis Martín Vigil. Aprovecho la ocasión para mandar un fuerte abrazo a todo militante de cualquier índole que se haya topado con este artículo. A no ser que seas nazi, entonces eres un imbécil.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR