Soledades: La escritura maldita en Rosa Montero | Gran Imaginador

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“Aunque en mis novelas yo huya con especial ahínco de lo autobiográfico, simbólicamente siempre me estoy lamiendo mis más profundas heridas.”

(‘La ridícula idea de no volver a verte’, R. Montero. 2013)

Por desgracia o por suerte, Rosa Montero entiende de soledad, y puede que sea ese sentimiento voluminoso y vacío el que le permite meterse en la piel de sus personajes de la manera en la que lo hace. Reconstrucciones recónditas en la ficcón de la carne, el amor, la pérdida, el paso del tiempo; porque ya una vez, no hace tanto, fue su propio cuerpo el que batió esos mismos duelos.

Soledad, una mujer atractiva y exitosa que ronda los sesenta años contrata a un escort para que le acompañe a la ópera y dar celos a Mario, su antiguo amante. Así comienza última novela de la escritora madrileña, ‘La carne’, una historia-barranco sobre una mujer que aparentemente lo tiene todo, pero que ansía un amor que pueda llenar su propia carne interior, aquella capaz de bombear hasta 220 veces por minuto.

El argumento cuenta una historia que, corrientemente, podría haber ocurrido en cualquier rincón de Madrid, ciudad donde vive la protagonista. Soledad se deja absorber por un trabajo que le apasiona; en ese momento, se encarga de preparar los contenidos de una exposición sobre escritores malditos. La identificación con esos fantasmas, genios y locos, brillantes y condenados, es máxima: Marga Roësset, la cual se pegó un tiro a los 24 años porque Juan Ramón Jiménez no la correspondía; William Burroughs, icono estadounidense de la Generación Beat que se rebanó una falange del meñique izquierdo como prueba de su amor y, posteriormente, escribió un cuento sobre ello (‘The Finger’); Ulrico von Liechtenstein, un trovador que se fue por Centroeuropa para luchar en nombre de su amada, retando a un total de 577 caballeros; Philip K. Dick, novelista de cienciaficción con una terrible infancia que le marcaría de por vida; Pedro Luis de Gálvez, considerado el ‘escritor maldito oficial de España’… Literatos que fueron protagonistas de una vida distópica.

Rosa Montero tiene una habilidad particular para poner punto final a cada capítulo, como si planease minuciosamente una muerte perfecta para todos ellos. “Lo que pretendo es ofrecer un mapa en mitad del caos”, dice Soledad, refiriéndose a su exposición. Del mismo modo, Montero nos abre un atlas de sentimientos acristalados que transparentan el interior, el núcleo de un ser humano que se alimenta de los dos mayores amores que existen: el que se puede palpar y el que simplemente anhelamos.

Ser maldito es no coincidir con tu tiempo, con tu clase, con tu entorno, con tu lengua, con la cultura a la que se supone que perteneces. Ser maldito es desear ser como los demás pero no poder. Y querer que te quieran pero sólo producir miedo o quizá risa. Ser maldito es no soportar la vida y sobre todo no soportarte a ti mismo. (‘La carne’, R. Montero. 2016)

Soledad me recuerda mucho a Rosa. Y Rosa me recuerda a Marie Curie o, como la escritora prefiere llamarla, Manya Skłodowska. En La ridícula idea de no volver a verte’, Montero reconoce que cuando descubrió la historia de Curie, concretamente el diario que escribió el año después de morir su marido, le entraron ganas de usar su vida como vara de medir para entender la suya. Por eso, Rosa decidió escribir una biografía sobre Madame Curie: acababa de perder a Pablo Lizano, así como Marie había perdido a Pierre Curie.

A la científica de origen polaco, que se rebautizó como Marie al llegar a la capital francesa, el imaginario no le ha hecho justicia. No es suficiente reconocerla como la mujer que ganó dos Premios Nobel (Física, 1903; Química, 1911) o aquella que murió por su propio descubrimiento, el radio. La parte más humana de una exiliada en París, amante de su familia y científica comprometida va mucho más allá de lo que llega a nosotros casi un siglo después. Rosa la define como un ‘personaje anómalo y romántico que parece más grande que la vida’. Yo, tras adentrarme en su historia, aquella que deja de lado tecnicismos y se centra en sus miedos y más bellas ambiciones, creo que vislumbro al fantasma de Curie, un genio maldito, aquella que encontró la soledad sin querer buscarla.

En ‘La ridícula idea de no volver a verte’, la escritora confiesa que, para ella, la característica esencial de lo que llamamos locura es la soledad, “pero una soledad monumental”. He venido aquí a hablar de soledades, pero me cuesta. Creo que no soy capaz de sentir la impotencia de Rosa Montero y sus personajes, reales o ficticios. Sólo puedo aproximarme, sigilosamente, a una idea de lo que puede ser. El hastío que produce sólo puede llegar a nosotros con el paso del tiempo. Puede que sea precisamente eso lo que evito: La soledad que más aterra es la que produce nuestra propia memoria, aquella que desintegra los recuerdos y nos deja vulnerables ante un pasado al que no podemos volver. Maldita memoria visual, traidora, débil, mentirosa.

Mario Benedetti escribió un poema titulado ‘Soledades de papel‘ en el que decía: Todavía hace un tiempo, en rigor no hace tanto, / las soledades, solas, cada una en su hueco / hablaban una sola deshilachada lengua / que en los momentos claves les servía de puente. La literatura es, para algunos, el remedio para el desamparo. Madame Curie transcribió su dolor ante la pérdida,  como lo haría el personaje de Soledad, como lo haría Rosa. “La creatividad es un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza” dice la escritora. Llevaba con Pablo 21 años, la pareja más larga de sus vidas. Un cáncer se lo arrebató y, ante ello, aparece Madame Curie, que volvió un día a casa y le comunicaron que su marido Piere había sido atropellado por un coche de caballos. Rosa se sienta a escribir sobre lo ridículo de no volver a una persona nunca más, sobre la ridícula idea de no volver a verle. Y así, la soledad; y así, la literatura.

Hablar de literatura, pues, es hablar de la vida; de la vida propia y de la de los otros, de la felicidad y del dolor. Y es también hablar del amor, porque la pasión es el mayor invento de nuestras existencias inventadas, la sombra de una sombra, el durmiente que sueña que está soñando. Y al fondo de todo, más allá de nuestras fantasmagorías y nuestros delirios, momentáneamente contenida por este puñado de palabras como el dique de arena de un niño contiene las olas en la playa, asoma la Muerte, tan real, enseñando sus orejas amarillas. (‘La loca de la casa’, R. Montero. 2003)

La muerte, con todas sus facetas y manifestaciones, nos recuerda la finitud, la elasticidad relativa del tiempo y cómo nos toca vivirlo. El aria final de ‘Tristan e Isolda’, de Richard Wagner, es considerada por muchos la mayor expresión de dolor humano. En ella, la tonalidad, así como la amargura, son llevadas al límite. El compositor lo denominó Liebestod, (“Muerte de amor” en alemán). Isolda transmuta hacia otra dimensión frente al cuerpo exánime de Tristán. Una escena shakespeariana que no habla de un dolor físico, sino de una metamorfosis a causa de lo insoportable de quedarse solo.

Soledad, la protagonista de ‘La carne’ que da nombre a este escrito, recoge entre sus pensamientos la maravillosidad de la ópera del alemán y compara su vida con este momento culmen, inflexivo. El instante en el que la soledad se hace evidente, y surge una historia que no entiende de valientes ni cobardes, atravesando nuestros más profundos temores humanos.

Imagen de cabecera: Rogelio de Egusquiza – Tristan and Isolt (Death), 1910 –  Óleo sobre lienzo (160×240 cm)

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