Oscar 2017: Cuestiones estéticas | Gran Imaginador

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Anoche se entregaron los Oscar en el Dolby Theatre de Los Ángeles y Jimmy Kimmel dirigió brillantemente una gala dinámica y divertida como pocas, que se vio empañada por el garrafal error histórico que se cometió al entregarle a Warren Beatty el sobre que no era. Y ahora que ya hemos contado la anécdota y hemos sacado al elefante de la habitación, hablemos de cine, que a eso hemos venido. La 89ª gala de los Oscar se saldó anoche con el triunfo de dos películas: La La Land y Moonlight. La primera, porque fue la cinta más premiada con seis Oscar, incluyendo los dos obligatorios de música (mejor banda sonora y mejor canción), el de diseño de producción y tres de los importantes (mejor actriz, mejor director y mejor fotografía). Y la segunda porque, a pesar de que consiguió la mitad que el musical de Damien Chazelle, fueron los gordos: mejor guion adaptado, mejor película y mejor actor de reparto para Mahershala Ali. La vencedora moral, sin embargo, ha sido Moonlight, debido a la expectación que se había creado en torno a La La Land y sus catorce nominaciones. Una expectación un tanto inflada por los medios (especialmente los españoles) sin mucho atino, por tres razones: una, los Globos de Oro distinguen entre dramas y comedias o musicales, y el filme de Chazelle consiguió el pleno en la segunda categoría, y los Oscar tienden a votar distinto y a premiar dramas; dos, la cinta de Barry Jenkins tiene una temática racial y, encima, homosexual, y tras las críticas salvajes que recibió la Academia en los dos años anteriores por los #OscarSoWhite parecía extraño que se quisieran arriesgar a un tercer año de espectadores afroamericanos airados; y tres, Moonlight es una película bastante mejor que La La Land.

Pero desmenucemos con calma los premios y, de paso, las películas nominadas y galardonadas. Comenzamos, por ejemplo, por uno de los Oscar de La La Land: el de fotografía. Como comentaba en el artículo equivalente de los Goya, la dirección de fotografía suele caer en el saco de las categorías técnicas, cuando lo cierto es que es de las más cinematográficamente artísticas: la luz, el color, la textura de la imagen tienen tanto que aportar a la obra como el guion o las interpretaciones. Así, que el trabajo del sueco Linus Sandgren haya sido reconocido con el galardón es del todo merecido, porque la luminosidad radiante de La La Land y la magnífica paleta de colores entre la que se mueven Emma Stone y Ryan Gosling es el elemento clave para que la película se perciba en todo su esplendor. No obstante, la fotografía de Bradford Young para La Llegada, con esa textura fría, que a ratos da cierta sensación de estar ligeramente difuminada, y el poético aporte de James Laxton a Moonlight, con el color de los niños a la luz de la luna y esa forma de rodar las conversaciones con una profundidad de campo cortísima, podrían haber sido también justos vencedores.

Donde no han arriesgado los académicos es en el Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Más allá de la politización que pueda haber o no tras el premio a Asghar Farhadi, que ya es el segundo, y de la indudable calidad de su película El viajante, Toni Erdmann es un título tan especial, tan fino, tan inteligente, tan único, que debía haber ganado. Quizá haya jugado en su contra esa categorización a la que tendemos tanto por los lares de la prensa y en el reino del marketing. Porque decir que Toni Erdmann es una comedia es una mezcla de pereza, ignorancia y falta de comprensión de un contexto. La cinta de Maren Ade es un drama, y de los amargos, que muestra las vidas tristes y anodinas de personajes derrotados y remolcados por la inercia. La particularidad es que son caracteres, especialmente el del padre, que tienen tendencia a hacer el payaso, lo cual provoca situaciones cómicas desde una perspectiva muy europea. La escena final del cumpleaños y el parque es digna del mejor surrealismo, pero también rezuma una sensibilidad sincera. Poco premio para una obra personalísima.

Sí que se ha producido un mayor acierto en los Oscar de guion. La competencia de Moonlight en la categoría de adaptado era casi testimonial, y solo La llegada podría haber plantado cara. Sin embargo, es cierto que el guion que firma Eric Heisserer tiene un problema importante: le falta conflicto. Los extraterrestres que protagonizan la llegada del título solo vienen a enseñarnos un lenguaje, por lo que para buscar una oposición a los héroes lingüistas y científicos se recurre a un colectivo muy fácil: los militares. Como son militares, les tiene que gustar la violencia y la confrontación, y si son chinos, ni les cuento. Más disputada estaba la categoría de guion original, donde competían el periférico Lanthimos por Langosta, Damien Chazelle con el libreto de La La Land, Kenneth Lonergan y su Manchester frente al mar y Taylor Sheridan por Comanchería. A Lanthimos era complicado que se lo dieran, precisamente por su condición de outsider. Habría sido también un grave desliz concedérselo a La La Land pues, si bien es cierto que no tiene fisuras y que el final es de auténtica antología, la historia de la película musical adquiere su relevancia cinematográfica en el cómo está contada y no en lo que cuenta. En ese sentido, tiene muchísimo más poderío el libreto de Kenneth Lonergan con la durísima historia de Jeff Chandler y su familia. Los flashback están insertados en la narración a corte, pero para nada resulta brusco; el manejo de la información que se le da al espectador en cada momento es perfecto, y Lonergan ha conseguido colar momentos de ridiculez, de comedia, incluso, en medio de la tragedia que dan un aliento de realidad al ambiente. No obstante, y esto es opinión personal, me hubiese gustado que Comanchería se hiciera con el mejor guion. La historia western de Taylor Sheridan es ruda y poética, cortante y sensible, y un Oscar habría supuesto un triunfo muy merecido.

Y en cuanto a la mejor dirección, Damien Chazelle hizo gala de un virtuosismo absolutamente espectacular con La La Land y eso es lo que le ha convertido, con todo merecimiento, en el ganador más joven del Oscar al mejor director de la historia de los premios. El plano secuencia de la primera escena, la absoluta locura de la fiesta nocturna o el aplomo del final son razones más que suficientes para dárselo. Pero es que este año era todo muy difícil. Para empezar, Denis Villeneuve hace un trabajo excelente con La Llegada, pausado, calmado, pero a la vez penetrante. La suya es una película de las que dejan huella en la mente del espectador mucho tiempo después. Mel Gibson, por su parte, ha vuelto por todo lo alto en la que seguramente es su mejor película como director. Hasta el último hombre es un ejercicio de cine impactante. Las escenas de batalla están rodadas con muchísimo oficio y dejan al espectador totalmente agazapado en la butaca, noqueado sin remedio. Pero dentro de la crudísima violencia, Gibson se las apaña para colar una suerte de gusto estético, de poesía del sacrificio, que elevan el filme hacia cotas que, por ejemplo, Salvar al soldado Ryan no alcanza.

Barry Jenkins se tuvo que conformar con el accidentado Oscar a mejor película. Moonlight es la propuesta más lírica de todas las que se presentaban este año. La marca del autor está presente en todo el metraje y la estética de la plasticidad a la que Jenkins se aferra convierte al filme en un juguete delicado, muchísimo más sofisticado que su principal rival. Y el autor saca la poesía desde dentro de la suciedad. El abuso escolar, las drogas, la dificultad de crecer en un barrio duro de Miami son los groseros materiales que Jenkins utiliza para cincelar un trayecto, el del protagonista Chiron, que al final resulta de una belleza conmovedora. Ese, y no otro, es el premio de la Academia. Aunque llegara cinco minutos tarde.

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