Palo y zanahoria: Taboo y The Young Pope | Gran Imaginador

taboo_103

En los últimos cinco meses, se han estrenado dos series de televisión de características similares debido a la expectación que levantaron por su ambición, a que eran producciones mayoritariamente europeas y a que tenían como protagonistas a prominentes actores británicos. La primera, Taboo, llevaba la firma de Tom Hardy, que además encabezaba el cartel de la ficción estrenada en enero de 2017. La segunda era la incursión en televisión del cineasta italiano Paolo Sorrentino, The Young Pope, con Jude Law liderando un nutrido reparto internacional. Una de ellas, a nuestro juicio, merece un palo por no cumplir con lo que se esperaba de ella; la otra, una zanahoria por su nivel de excelencia.

Empecemos por el premio negativo, que va derecho para Tom Hardy y su James Keziah Delaney. Taboo era una serie hecha para triunfar. Lo tenía todo: ambientación de época, la historia de un personaje oscuro y carismático, acción, la mano de Steven Knight (Peaky Blinders) tras la producción y a Tom Hardy a la cabeza de un estupendo plantel de actores británicos, entre los que también encontramos a Oona Chaplin, Jonathan Pryce, Tom Hollander, Mark Gatiss, Stephen Graham y Franka Potente. Sin embargo, la serie ha resultado ser un fiasco económico para Hardy y no tendrá una segunda temporada. ¿Por qué se ha producido, pues, esta debacle?

La serie tiene, sobre todo, un problema de guion. La producción es excelente y se ha conseguido un trabajo de ambientación exquisito, con una mezcla muy sugerente de realidad histórica y fantasía decadente de ficción. Tom Hardy interpreta a Delaney con convicción y está bien acompañado por el resto del reparto, especialmente Jonathan Pryce. El problema es que durante la mayor parte de la serie se le está dando vueltas, sin rumbo fijo, al McGuffin de partida (la pelea de Delaney con la Corona británica y la Compañía de las Indias Orientales por el estrecho de Nootka) sin que mientras tanto haya un avance dramático de los personajes o un estudio del pasado y de las relaciones familiares de Delaney realmente profundo e interesante. Aunque en el último capítulo se pretende arreglar todo con fuegos artificiales, lo cierto es que el avance de la serie se hace pesado. Westworld, otra ficción novata, también apostaba por acumular la acción en los capítulos finales, pero ofrecía mientras tanto una serie de reflexiones filosóficas agudas, que permitían disfrutar esos capítulos de transición. Una pena, porque el esfuerzo y el dinero invertido merecían un producto final más sólido.

the-young-pope

Y como no queremos que nos pase lo mismo que al Papa Pío XIII (“Les hemos dado el palo y nos hemos olvidado de la zanahoria”), hablemos ahora de las buenas noticias televisivas: el desembarco de Paolo Sorrentino en televisión, con una potente coproducción europea detrás entre empresas como Sky, Canal + o Mediapro, ha sido todo un éxito artístico. El estilo del italiano no admite medias tintas: o se le ama o se le odia, pero es, al fin y al cabo, estilo. Sorrentino se ha convertido, de lejos, en el autor más prominente de su país y en uno de los más interesantes del panorama cinematográfico actual. A The Young Pope ha trasladado sus principales señas de identidad: la exploración anárquica del tema existencial o religioso, el análisis de personajes a la deriva y la innata capacidad para crear una belleza a caballo entre lo real y lo irreal con todas y cada una de sus imágenes.

The Young Pope es, como La gran belleza o La juventud, una ficción de “momentos”: que nadie espere ver en Pío XIII a alguien con una personalidad definida que crece de forma progresiva a lo largo de los diez capítulos. Son bandazos, encuentros, reflexiones contradictorias las que mueven al joven Papa, como ocurre con las personas reales. Jude Law está grandioso en el papel y lo acompañan de manera exquisita el italiano Silvio Orlando (como el mundano y prosaico Cardenal Voiello, otro personaje maravilloso), Diane Keaton, James Cromwell y nuestro Javier Cámara, que borda un rol tremendamente delicado. Hay en toda la serie un tono muy felliniano (esa fascinación por los “uniformes” eclesiásticos que retrotrae a Roma), pero también porta indeleble la marca de Sorrentino y eso siempre es sinónimo de arte.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR