Gatoperro: "El rock está herido de muerte, igual que los vaqueros" | Gran Imaginador

Gatoperro

Cowboys es el cuarto y más reciente trabajo de Gatoperro, el alias bajo el que se encuentra el músico David Llosa. Cowboys es un LP de poesía melancólica y llanto por el fin de una era, la de los rockeros que, como los vaqueros del Viejo Oeste, están condenados a la extinción y, también, como dice el propio autor, es un brillantísimo “balance de daños”. Con Gatoperro hemos hablado sobre la obsolescencia, Cormac McCarthy, John Ford, Sam Peckinpah y, sobre todo, buena y apasionada música. 

¿Por qué Cowboys?

Es el título de una canción. Al final, los discos tienen que tener un título. Es una de las canciones que me dio el tono de lo que iba a ir el disco. Yo trabajo un poco así. Primero salen una o dos canciones, y a partir de ellas digo: “de esto tienen que ir todas las demás. Vamos a ir por este argumentario”. Es la figura del western crepuscular, de los vaqueros que ya no tienen razón de ser en una época en la que la ley ha llegado al viejo y salvaje Oeste y su forma de vivir no tiene sentido. No son necesarios. Yo me veo un poco así, cada vez más, como animal en extinción. Mi crianza sentimental y musical ha sido en el siglo XX y ahora es muy diferente. Ahora los chavales hacen música de otra manera, con un ordenador. Samplean aquí, cogen de allá… Nosotros somos de la generación que aprendió a tocar con una guitarra española encima de los discos de su grupo favorito. Venimos de otro lado. Y veo también que el rock es algo que se ha diluido para la gente, ya no es algo subversivo ni culturalmente importante, sino que te venden la camiseta de los Ramones en el Zara. Está herido de muerte, igual que los vaqueros. Los vaqueros solo existieron en el siglo XIX. En el XVIII no existían porque Norteamérica estaba aún siendo colonizada y en el siglo XX ya no eran necesarios. Me parece que el rock va a tener una vida parecida. Empezó en los años 50, con los primeros pioneros, y a lo mejor para 2050 ya no existe como tal. Será rock electrónico, rock no sé qué, pero digamos que esa mística y esa manera de hacer las cosas, ese tipo de músicos autodidactas, la escuela de la que venimos, habrá desaparecido. Ese es el paralelismo entre los rockeros y los cowboys.

Es cierto que los héroes del western crepuscular estaban muy obsoletos, pero ¿el rock clásico, o esa forma de hacer música, está tan obsoleta como estaban ellos?

Sí, yo creo que sí. Por ejemplo, el hecho de sacar discos. El disco es algo tremendo ahora. Hemos editado CD, pero me encuentro a mucha gente que no tiene ni siquiera dónde escuchar un CD. Por supuesto, tampoco tienen cincuenta minutos para escucharse un disco completo. El disco como concepto es una cosa de otro tiempo, la gente ahora necesita estímulos más rápidos (chasquea los dedos), un hit, un single, un vídeo. Más de diez minutos no te pueden dedicar. No sé si están tan obsoletos como los cowboys, es mi forma de sentirlo. Me preguntabas por el título y ya te digo, hay que poner uno y viene un poco por ahí. De hecho, la canción se llama Cowboys por una cosa que me dijo un amigo de vieja escuela, un barman de un bar al que iba yo mucho. Era mi oficina, seis días por semana estaba allí. Cerraban el bar, El Frontón, estaba en Tirso de Molina, y el día que cerraron yo fui allí y estaba un poco afligido. Enterrar un bar es casi como enterrar un perro, como mínimo. Y Agustín, el barman, me dijo: “Tú y yo no podemos llorar. Somos como John Wayne, somos cowboys“. Esta cosa de que los hombres no lloran, como antiguamente. Me parecía que daba para una canción y, quizá, para un disco. Ahora, a veces, me arrepiento, porque no sé si se ha entendido muy bien, la gente se lo lleva mucho al rollo americano, como que el disco va a ser muy americano. Quizá ahora le pondría otro título.

Yo creo que el rollo es no tanto americano como esa poesía melancólica de las últimas películas de John Ford. Veo mucho cine en estas canciones, en El hombre desconocido, sobre todo.

Mira, esa está más inspirada por literatura, por un libro de Cormac McCarthy.

Al final, Cormac McCarthy no deja de ser western crepuscular.

Un John Ford, sí, claro, de la literatura. Sí, totalmente. A nivel personal, el disco para mí es también un punto y aparte. Hace balance y no es un balance muy halagüeño. Es un balance de daños, fundamentalmente. Sí que hay algo de mística de perdedor como lo que hablamos, las películas de John Ford, pero me parece que no es gratuita. Ni dice: “los perdedores molan”, que es de lo que iban los otros discos, ni tampoco hay autocompasión. O por lo menos es lo que he intentado llegar en esas letras, llegar a un punto medio. Los perdedores, aunque no sean triunfadores, pueden tener su dignidad.

¿Cómo ha sido el proceso de producción del disco?

Largo. El proceso como tal empezó cuando me fui yo a vivir a Málaga, me marché de Madrid. Cogí un local y estuve varios meses, unos nueve meses, maquetando temas. Saqué muchos temas de los cajones, me junté como con cincuenta canciones, y pensé de qué iba a ir el disco, lo que te comentaba antes. Después de eso, fui a buscar a Josu (García), ya que con tanto berenjenal que tenía montado no sabía muy bien qué disco hacer. Sí sabía, pero no sabía si era el disco adecuado. Hablé con Josu, le enseñé las canciones del disco y algunas más, que al final desechamos, y empecé a venir a Madrid, él vino a Málaga, miramos los temas y rápidamente entramos al estudio, porque él tenía un hueco entre giras y discos de Loquillo, que él está muy metido en todo eso, y lo hicimos muy rápido. El disco se grabó en diez días y en mayo del año pasado lo acabamos de mezclar y ya lo mandamos masterizado. Hace un año realmente que lo grabamos.
Y del proceso en sí, pues primero la parte del local, en la que estuve yo solo maquetando los temas, fue muy interesante, pero muy intensa y muy frustrante, a veces, porque cuando uno está ocho o diez horas peleando con una canción y llega al límite… Yo gritaba en el local, golpeaba la cabeza contra la pared. Es bonito, pero a la vez nunca te parece que tengas canciones suficientemente buenas. En cambio, la parte con Josu fue muy placentera, porque llevábamos todo muy amarrado, habíamos pensado mucho. Fue solamente ejecutar. Disfruté del proceso y lo conseguimos. Fue una grabación muy emocionante y al mismo tiempo familiar. Vinieron muchos amigos al estudio a visitar, pero no fue de esto que vienen al estudio y te molestan, sino que nos arroparon. Fue emocionante.

¿Habría salido la misma música y las mismas canciones si lo hubieses compuesto en Madrid, en lugar de en Málaga? Porque parece que son ciudades de ritmos muy distintos.

Bueno, el disco tampoco está íntegramente compuesto en Málaga. Algunas canciones las compuse en Málaga, otras las traje de Madrid y otras han viajado. En el libreto hay un mapa que te explica el recorrido de las canciones. Hay canciones cuya letra escribí en Valladolid hace diez años, le he puesto una música en Málaga. El hombre desconocido ha tenido un viaje muy largo, no solo geográfico sino temporal. Otra la empecé a escribir en Galicia, en un pueblo pesquero, y la acabé de escribir aquí, en Madrid, en la casa que tenía en el barrio de Huertas. Otras han hecho un viaje Madrid-Málaga o Málaga-Madrid. En Suecia acabé de escribir varias que tenía de Madrid. Creo que sí, que las canciones pertenecen al mundo interior y no importa dónde las estés escribiendo. De hecho, es mejor estar en un lugar neutro, aislado. A mí me gusta mucho escribir en los bares por eso, porque un bar es un bar en Nueva York, en Nueva Delhi o donde sea. Es un sitio oscuro, con la música a toda leche, gente gritando, y tú te puedes meter en tu mundo interior, que es donde se escribe la canción, no en un lugar geográfico o temporal concreto.

Has hablado antes de que ahora los músicos no se hacen un disco, van más al single, van más al vídeo, a Youtube. ¿Por qué elegiste tú el LP por encima del formato EP, que parece que está renaciendo?

Por lo que te comentaba antes, porque somos cowboys, venimos de ahí. De esa época en la que el LP era el rey y es la forma que tengo de entender la música. No entendería la carrera de Joaquín Sabina o de Bob Dylan con EPs. Aunque Dylan empezó en los 60, donde hay muchas canciones que están solo en singles. Pero claro, yo soy del 79, me he criado musicalmente en los 80 y los 90, y ahí lo que había era el LP. Mínimo diez temas, entre 30 y 50 minutos, o 45 minutos por el rollo vinilo, y ese es el concepto que entiendo yo. Por esa misma razón me gusta más una novela que un cuento. Me gustan los cuentos de Cortázar, pero la obra cumbre de Cortázar es Rayuela, no los cuentos. Bueno, para alguna gente no. Pero yo para contar lo que necesitaba contar en esta ocasión tenía que ser un LP. No te digo que en un futuro no vaya a hacer EPs, porque me parece también un formato operativo para no estar sacando discos cada dos o tres años, que es verdad que se quedan muchos discos posibles por el medio. Permite ir sacando cada poco tiempo la música y plasmar tu evolución, las cosas que te pasan, más rápidamente. Es una manera más ligera, más barata, más dinámica.

Hablemos de evolución entonces. ¿Cómo crees que ha sido desde que empezaste como Gatoperro en 2010?

Gatoperro nació como una idea de crear una identidad y una voz propia, y en ese sentido creo que al final he conseguido que sea una marca, una manera de escribir canciones, reconocible para alguna gente. Para la gente que lo conoce, obviamente. El primer disco de Gatoperro lo saqué con 31 años. Quieras que no, tienes una cultura musical y unos gustos musicales, literarios o de cine bastante definidos. El primero era más ecléctico, quería darle a todos los géneros; en el segundo me decanté por una cosa muy callejera, muy rockera, nocturna, canallita, que me parecía que ayudaba a fijar al personaje y era mi vivencia de aquel tiempo y para mí este disco cierra un poco el arco estilístico, porque es menos rockero, menos furioso, más calmado, más songwriter, como quieras decirlo, pero no lo considero una evolución, sino un volver a un sitio en el que ya había estado, porque antes del primer disco como Gatoperro esta era la música que estaba haciendo. Más americana, menos bluesera, más folkie, del folk anglosajón pero sin perder la perspectiva mediterránea. Pero te quiero decir que para mí no hay evolución, hago las tres mismas canciones siempre. Con los años procuro hacerlas mejor. Mucha gente que ha escuchado el disco me ha dicho: “Se nota la evolución”. Claro, porque han escuchado solo lo que está grabado, no conocen lo que hacía yo antes de 2010 o 2011, que fue cuando salió el primer disco de Gatoperro. Con una banda que tenía yo aquí, que se llamaba David Llosa y la banda de Tirso, hacíamos cosas que se parecían a lo que hay en este disco, y de hecho hay una letra y una canción que son previas al primer disco de Gatoperro. Entonces, me he dado cuenta de que vuelvo a encontrarme porque uno va dando vueltas siempre. No digo que la vida sea un círculo, que es horrible, parecemos ratones en una jaula. Prefiero pensar que es una espiral. Vas haciendo círculos, pero siempre volviendo cerca de los sitios donde ya has estado anteriormente.

Suelo preguntar por las influencias musicales, pero creo que merece la pena preguntar por todo tipo de influencias: musicales, literarias, cinematográficas, que hay en el disco. Hemos hablado de Cormac McCarthy y de John Ford, pero ¿quién más hay? Porque estoy seguro de que hay mucho más.

A mí me gustaría que me lo dijeras tú. Cuando estoy de promo no me gusta tirar nombres, porque la gente luego lo lee y se monta la película. Aparte de que yo no lo sé. Puedo tirarte nombres de qué es lo que me mola a mí escuchar en mi casa, pero no quiere decir que esté en el disco. En mi casa hay varios discos de Alaska y Pegamoides y Alaska y Dinarama, o de El último de la fila, que a mi hermana le gustaba mucho y lo escuchaba a todas horas. Seguro que me han influido también. Dime tú qué influencias se pueden ver en este disco.

El hombre desconocido y Comitragedia son las dos canciones que más me han llamado, y en El hombre desconocido veo mucho al Bob Dylan que compone la banda sonora de Pat Garrett y Billy The Kid, por ejemplo, de donde salió Knockin´ on heaven´s door.

Me encanta. Fue el primer disco que tuve de Dylan, fíjate qué cosas. Lo tenía en una cinta de casette, este y Under the Red Sky, que es un disco de los 90 bastante flojillo.

Y en general, veo Sam Peckinpah.

Es que ya te digo que esa canción sí que está basada parcialmente en un personaje de la novela esta. Cormac McCarthy es muy Sam Peckinpah, y en especial esta novela, Meridiano de sangre, es súper violenta, sobre un grupo de mercenarios que contratan para ir a México a matar indios y les pagan un dólar por cabellera. Me gustaría que sonara como ese disco, a mí me flipa esa banda sonora, pero no creo. Me han dicho alguna vez que suena como tarantiniana. Ha quedado un poco como Abierto hasta el amanecer. A mí me gustaría que hubiera quedado entre medias, ni una cosa ni la otra, que es como la estamos tocando en directo. Más The Doors, más The End, un poquito más alucinada, todavía. La canción ha quedado más estructurada de lo que yo quería, yo quería que fuera un poco más pesadillesca, con efectos de perros ladrando. Quería que fuera un mal sueño, como el mal viaje que tienen en Asesinos natos Woody Harrelson y la otra, cuando se comen el tripi y matan al indio. Algo más así, pero me encanta que me digas que se parece a ese disco.

Es que en general me recuerda todo el disco a Peckinpah, al último Ford. Fíjate, me ha traído más evocaciones cinematográficas que musicales, quizá porque entiendo más de cine que de música.

Quizá porque este es el disco mío en el que más pesa la parte literaria y de imágenes y porque en los disco anteriores yo, o Gatoperro, se situaba en el centro de la acción, era el protagonista. Eran discos más narrativos, contaban historias inequívocas para que te enteraras. Y este, sin embargo, es más lírico, más de imágenes.

Y de introspección.

Introspección, pero también de un observador, las dos cosas. Al final las canciones siempre van sobre uno, pero en este disco para mí hay personajes que de pronto están debajo de una tormenta, o esos dos enamorados que son demasiado viejos para enamorarse. Lo veo con cierta distancia como creación. Me veo como un observador en ese sentido, aunque evidentemente hay canciones más personales, más confesionales, que tienen más que ver conmigo. Pero tendríamos que hablarlo, porque quizá ahí está la gracia, que tú lo veas como algo autobiográfico y es literario.

Es difícil distinguir una cosa de la otra.

Por supuesto. Ahí está la gracia de las canciones, que aunque hablen de lo personal la gente las haga suyas. Tú utilizas algo personal que sea reconocible para las personas, como sentimientos de tristeza, de orfandad, de culpa, de violencia, con el artificio de darle una forma que hace que cualquiera entre y se crea que la canción es para él. Es lo más grande, cuando escuchas una canción y piensas: “Parece que la ha hecho para mí”. Luego, claro, vas a un palacio de deportes y resulta que todo el mundo piensa que la han hecho para ellos.

¿Prefieres el momento de la creación, de escribir, componer y demás, o el momento de la interpretación, de ponerte frente al público?

En eso sí que he tenido una evolución, porque antes a mí solo me interesaba componer. Y también cuando empecé a maquetar, tenía mi ocho pistas digital y fue una revolución. Porque tienes tus ideas, puedes probar. Pero con el tiempo he aprendido a disfrutar de todas las partes del proceso y ahora el directo me flipa bastante, tanto tocando solo como con banda. Hasta la promoción. Todo, todo. Eso es lo guapo. Pero no solo para tu trabajo, en la vida también hay que disfrutar de estar escuchando la radio y fregando los platos. Todos los momentos son importantes y tienen su razón de ser y su gracia.

¿Cómo empezaste? ¿De dónde te viene lo de la música?

De ningún lado. Mi madre siempre me dice que es una cosa muy extraña, porque en mi casa no hay artistas, y no se cantaban ni villancicos. No había afición artística en primera persona, porque sí que es verdad que había muchos libros, muchos discos, un ambiente cultural. Simplemente, me atrapó. Lo típico, empiezas con los discos de tu padre, ves a Bruce Springsteen en la tele, y esa idea de ser tú el que te subas al escenario un día se queda en la cabeza y va creciendo como un tumor. Van pasando los años, te implicas más, aprendes un instrumento, aprendes otro, montas una banda con los colegas… Siempre miraba desde el hobby, nunca pensé que esto fuera a pasar, pero al final se fue liando, liando la cosa… Y ahora fíjate, tengo treinta y ocho y llevo trece años en los que la música prácticamente se ha convertido en el centro. Aunque claro, en estos trece años he pensado en cortarme la coleta innumerables veces y dedicarme a algo serio, pero ahora hace unos años en los que me he convertido en un pez. Un pez no puede vivir en la tierra, tiene que vivir debajo del agua. No hay otra.

Entonces viene la pregunta del millón: ¿se puede vivir de la música a día de hoy?

¿Se puede? Sí, claro que se puede. Pero porque no hay que vivir de la música, sino para la música. A mí me da igual estar nueve meses tocando y tres poniendo copas. Ya no soy un camarero. Antes era un camarero que tocaba, ahora soy un músico que pone copas. Y, aparte, me lo paso que te cagas poniendo copas. Es lo que te decía, hay que disfrutarlo todo. Es salir de tu pequeño mundo, no puedes estar todo el rato ensimismado pensando en tu nuevo poema, tu nueva canción. Hay que salir ahí fuera y yo no tengo problema. Si no puedo pagar el alquiler hago otra cosa, pero soy un músico que está haciendo otra cosa. Eso solo es ganarse el pan hasta la próxima vez que salga un disco.

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