Amores de verano siempre mueren | Gran Imaginador

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El amor de verano se caracteriza por su fecha de caducidad. Está condenado como lo están las hojas de los árboles que, irremediablemente, en otoño tienden a caer. Está marcado por el inexorable paso de los días estivales que lo van consumiendo como si de un cigarrillo en labios de un fumador compulsivo se tratase; como una vela elegante que agoniza, recta y orgullosa, sobre un candelabro de plata.

No duran mucho, de ahí su nombre de amor de verano, sino sería un amor en general. O simplemente un amor.
Duran lo que duran las copas; los días de playa y las tardes tirados al sol. Duran lo que duran las mañanas sin madrugar; lo que duran los besos; lo que dura una mirada furtiva; lo que duran las medias sonrisas, las sonrisas a medias y las medias en el Mus.

Los amores de verano saben a desayunos a las once y media; a cervezas a la una de la tarde; a comidas a las cuatro; a cenas a las diez y media y a recenas de madrugada. Saben a helados por la tarde; a paseos por la orilla y a bañarse desnudo en el mar. Saben a siestas de cuatro horas; a días cortos y noches largas; a labios rojos y lenguas dulces; saben a paseos nocturnos y a chocolate con churros.

Foto: Murad Osmann
Foto: Murad Osmann

Suenan como el rugido de las olas y el chillido de las gaviotas; suenan a canciones de volumen indecente bailadas a horas indecentes. Suenan al tintineo de las copas; a la respiración de su boca; suenan a sus pisadas al andar; a su risa musical en medio de un bar. Suenan a jaleo de chiringuito; a piropos susurrados en su oído al pasar. Suenan a Turnedo, a Summer Paradise, a Dissolve Me, a Amores Flacos y a todas esas canciones que te inundan de recuerdos y te hacen sonreír. Suenan a todo menos al ruido del despertador.

Los amores de verano huelen a pan recién hecho y a croissant; huelen a barbacoas que se alargan; al humo de las hogueras en la playa; huelen a fragancias en el cuello, en la camisa y en la almohada. Huelen a los postres de la abuela y a las cenas de mamá. Huelen al salitre del océano; a gofres con chocolate a las ocho de la mañana; huelen a todo aquello por lo que merece la pena respirar.

Sin embargo las canciones se acaban; los olores se difuminan y dispersan en el aire; las palabras se las lleva el viento y el verano se termina.
Los amores de verano son como el propio verano, intensos, sin horas ni fechas; sin rutinas; sólo días y noches que se viven al límite, aprovechando hasta el último minuto de su valiosa escasez.
No pueden aguantar el día a día. Son alérgicos al tedio de la rutina, alérgicos a los planes de futuro. Son como una especie protegida a la que no puedes sacar de su hábitat natural porque se marchita y muere.

Están hechos para ser salvajes, vivir en la playa, en la montaña, en las carreteras sin destino y en las olas del mar. No se pueden encerrar en oficinas ni en clases de universidad. No se escriben en apuntes ni en informes sino en la arena de la playa y en servilletas de bar. No están preparados para la realidad cotidiana y por eso tienen que vivir en su realidad paralela.

Un affaire así dura una semana, quince días, un mes…tres como mucho y si tienes suerte. Nunca hay que estar triste cuando acaba pues eso se ve venir siempre desde lejos, ya que nacen condenados a morir. No hay que llorar su pérdida sino sonreír ante su recuerdo inmortal. No hay que olvidar el sonido de su risa; ni el color de sus ojos. No hay que olvidar el tacto de su piel; el olor de su pelo ni el sabor de sus besos. No se debe olvidar porque, esa risa, ese color, ese tacto y ese sabor, son los cinco sentidos en los que se resume el verano.

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